La desgracia de los incendios se ceba con los montes arousanos

Un vecino observa las llamas | G. Salgado

No pasa un día sin que en el ambiente se respire un olor a chamusquina, a naturaleza quemada, a vida arrasada, a ilusiones perdidas y de miedo a que arda el hogar por el que tanto se ha luchado. A este verano seco y caluroso se ha unido el viento, otro fenómeno que los pirómanos aprovechan para hacer más daño si cabe. Las escenas de pánico y de lucha contra llamas gigantes las hemos visto repetidas en toda Galicia y desde el jueves en ambos márgenes de la Ría de Arousa, con incendios en Boiro, Caldas y Vilagarcía. Hasta treinta casas han tenido que ser desalojadas en medio de la desolación de sus moradores y la huida a no se sabe donde de la fauna. Es preciso invertir en los montes para prevenir y perseguir a los incendiarios.

La desgracia de los incendios se ceba con los montes arousanos

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