Sociología del botellón

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Lucas Leys decía que la rebeldía es la que dispara la creatividad, la exploración, el progreso y las revoluciones.


De lo que no hay duda es de que ciertas rebeldías han producido cambios significativos en la sociedad. Otras, sin embargo, no han aportado nada especial porque ni fueron creativas ni rebeldías. Decimos esto porque hay quien asegura que lo del “botellón” es un acto de rebeldía.


Pero como estamos en un mundo en que las etiquetas rara vez encajan con el contenido, donde algunos nombres de “nuevo cuño” son más que nada una tomadura de pelo al personal, hoy a cualquier cosa se le puede llamar lo que a uno se le antoje. Así de simple.


En todo caso, las bacanales etílicas en las que participan algunos de nuestros jóvenes no significan ninguna amenaza real para el poder, lo cual quiere decir que los del IBEX 35 pueden dormir tranquilos.


Por lo general la juventud siempre fue la gran enemiga del estatus quo dominante de todas las épocas. Muchos jóvenes, ya en los tiempos modernos, perdieron sus vidas en las barricadas al intentar cambiar el estado de cosas. Pero ese sería otro tema.


Volviendo al botellón, es obvio que los jóvenes que lo comparten son inofensivos para el poder, más allá de los incordios que puedan causar al vecindario del barrio donde los celebran. Lo más lamentable es que algunos sean menores de edad, lo cual dice mucho de cómo anda la sociedad.


La otra realidad es que hay un número significativo de jóvenes, ya más adultos, que no saben qué hacer con sus vidas. Por lo tanto, esas “convocatorias” son una manera de evadir la realidad ahogándola en alcohol. ¿Una forma de llamar la atención? Puede ser. Lo que sí es cierto es que de alguna manera están expresando una suerte de rechazo hacia una sociedad y un poder que no los tiene en cuenta.


Muchos adultos critican el botellón; otros entienden que es una moda pasajera; y los hay que aseguran que eso se debe a tanta “libertad” y “desmadre” que está habiendo en este país. Hay opiniones para todos los gustos.


En todo caso, hay muchos jóvenes decepcionados, desilusionados, maltratados por el sistema, con lo cual ven un futuro poco esperanzador en sus vidas. Eso hace que con frecuencia aparezcan entre ellos ciertas señales de desorientación, de comportamientos desordenados, confusos.


La cruda realidad es que hay muchos a la deriva, sin esperanza, sin ningún valor al que agarrarse. Para ellos y ellas el botellón es como una vía de escape, de huida. Lo que significa que están sucediendo fracturas sociales profundas, intergeneracionales; fracturas que, por otro lado, no le preocupan al poder. Lo peor es que ni siquiera sabe cómo lidiar con ellas.


Lo cierto es que si escarbáramos un poco en la sociología del botellón nos daríamos cuenta de que en el fondo lo que hay es una mezcla de rabia, impotencia y frustración. Sin saberlo, esos jóvenes están lanzando un SOS a la sociedad.


Estos grupos que sociabilizan a la luz de las farolas de un parque, rodeados de botellas de plástico llenas de alcohol barato, lo que intentan es ausentarse por unas horas de una realidad que no les gusta y ni entienden.


Por lo tanto, en esas reuniones se sienten protegidos y comprendidos. El grupo les da un sentido de pertenencia, lo interiorizan como un refugio o un búnker que les brinda seguridad. O al menos lo creen así. Algo que no encuentran ni en sus familias ni tampoco en las instituciones.


Otro dato a tener en cuenta es que la mayoría no proceden de entornos marginales. Muchos pertenecen a familias económicamente acomodadas. Pero la desilusión, la confusión y la incomprensión que sienten producen los mismos efectos psicológicos destructivos que los que provienen de colectivos menos favorecidos.


La triste realidad es que la mayoría de estos jóvenes ya pertenecen a una generación perdida, sin futuro, sin importar el nivel de educación que posean, pues los hay titulados universitarios. Aquí podría aplicarse aquello de que no hay viento favorable para un barco sin rumbo.


Lo peor de todo es que los “oficiales de derrota” de este buque, los políticos, no se dan por enterado. O tal vez su capacidad intelectual no les alcance para más. Quizá.

Sociología del botellón