Doña Leonor y el mundo que nos cambia tanto

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Puede que no muchos quieran dar un significado importante al hecho de que doña Leonor, la princesa de Asturias, comience este lunes su curso en un colegio muy seleccionado en Gales. Para mí, es una muestra más de que hemos entrado definitivamente en una nueva etapa, quizá de ‘post pandemia’, en la que nada, ni siquiera la vida de la heredera del trono de España, va a ser lo mismo. El mundo en el que previsiblemente Leonor de Borbón se desempeñará como jefa de Estado va a ser muy distinto. Y este país, también. ¿Debe irse durante dos años a vivir en una burbuja aislada de la frenética evolución que estamos viviendo, que vamos a vivir?


Claro que a nadie importa lo que a este modesto cronista le parezca en relación con los estudios de la joven Leonor, que sigue siendo una gran desconocida para los españoles, más allá de las fotografías en papel ‘couché’. Cuando colegas extranjeros o diplomáticos recién llegados a Madrid me preguntan si creo que doña Leonor reinará en España respondo con cautela: me gustaría poder asegurar que sí, pero no me atrevo a hacerlo. Veo encuestas en las que los jóvenes parecen desinteresados de esta cuestión, sin que el dilema monarquía-república parezca ocupar gran parte de sus pensamientos. Quizá por eso mismo no hubiese convenido, pienso, alejar a quien, por las responsabilidades para las que se prepara, ha de conocer muy bien las peculiaridades, rincón a rincón, de un país tan complejo, tan difícil, como el nuestro.

España se dirige al galope hacia cambios intensos, como ocurre con Europa y con el mundo en general. Y, si no, véase, lo digo como apenas un ejemplo reciente, lo ocurrido en Afganistán, que va a mudar el equilibrio geoestratégico del planeta. Supongo que el presidente Sánchez y sus ministros más competentes entienden perfectamente que, dentro de dos años, cuando Leonor regrese de Gales y este país nuestro se apreste para unas elecciones generales que pueden ser un vuelco político, la princesa se encontrará con muchas cosas nuevas, difíciles de asimilar por mucho que haga ocasionales viajes rápidos a su país natal. En Gales sin duda se aprenden muchas cosas, pero otras, precisamente esas con las que va a tener que enfrentarse doña Leonor en el futuro, me parece que allí no las enseñan.


Deseo, por supuesto, la mejor formación para quien se prepara para ejercer la jefatura del Estado. Por eso mismo me temo que el elegante colegio galés está bastante lejos de lo que podríamos llamar la realidad de la vida. Esa vida, imprevisible día a día, que se retoma ya, vertiginosa, este mes de septiembre, olvidadas ya casi las vacaciones. Ojalá sea este un curso feliz para todos. También, naturalmente, para Leonor de Borbón Ortiz. 

Doña Leonor y el mundo que nos cambia tanto