Pensiones, una reforma timorata e insuficiente

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El Consejo de Ministros dio luz verde ayer a la reforma de las pensiones. En realidad, a un primer bloque que se limita más que a reformar a derogar aspectos aprobados en su día por el gobierno de Mariano Rajoy. En este sentido, se elimina el índice de revalorización de las pensiones que estaba fijado en un 0,25% como mínimo y se sustituye por el IPC y el factor de sostenibilidad que se cambiará por un nuevo que quizás venga a ser lo mismo. Ya veremos en su momento la letra pequeña. El Gobierno también ha decidido incentivos para que de forma voluntaria se retrase la jubilación y fórmulas para acercar la edad efectiva de jubilación a la edad legal. Estos cambios pasarán ahora a la tramitación y eventual aprobación en las Cortes para su entrada en vigor en 2022.


En realidad, el Gobierno no tiene ningunas ganas de abordar en serio una reforma profunda de un sistema de jubilación que nos guste o no está roto por muchas razones. La principal es que, al ser un sistema de reparto, la entrada de nuevos cotizantes es vital. Hoy, entran menos de los que se necesitan y sus cotizaciones son mucho más bajas de lo que se paga a los jubilados por sus pensiones. El resultado es un agujero anual de miles de millones que van engordando la deuda con el Estado, al no tener recursos suficientes para hacer frente a los pagos. Además, aunque se viene aumentado la edad de jubilación desde la reforma de Zapatero, no todos se jubilan a su edad, y los que lo hacen tienen jubilaciones altas y muchos años de cobro por delante. De hecho, ya empiezan a jubilarse los pertenecientes a la generación del “baby boom” y los años que te rondaré morena, poniendo contra las cuerdas el sistema público de pensiones tal y como se diseñó y funcionó tantos años.


Está claro que Sánchez no tiene intención de entrar a saco en una reforma a más largo plazo. Va a ir poniendo parches y no va a una reforma que habría que explicar muy clarito a los que se vayan a ir jubilando. La realidad es que, en algún momento, alguien tendrá que coger el toro por los cuernos y explicar que hay que trabajar más, que se necesitarán más años de cotización y que habrá que aumentar más allá de los 25 los años a tener en cuenta para el cálculo de la pensión. Y, claro, habrá que poner blanco sobre negro que eso significa pensiones más bajas y que habría que ir pensando en implantar alguno de los modelos que ya funcionan en Europa como el británico o el sueco, por ejemplo. Lo demás son parches, patadas hacia adelante al balón, retrasar lo inevitable. La cuestión es quién le pondrá el cascabel al gato, un minino muy gruñón de uñas largas con el que nadie querría enfrentarse.

Pensiones, una reforma timorata e insuficiente