Nadie reivindica la paz

|

Necesitamos sosiego y no creo que sea mucho pedir. Estamos cansados, hartos incluso de este sinvivir abrupto, de malas noticias, de contratiempos, de crisis inacabables que solo dificultan nuestras vidas. De ansiedades y tensiones que no generamos nosotros pero que las pagamos caras. De la falta de empatía de nuestros gobernantes con nuestros problemas, de la pobreza creciente y la soledad que nos rodea aún cuando estamos acompañados, de las incertidumbres y de las lamentaciones, sí, estamos hartos.


Y nos duele que nadie reivindique un poco de paz para nosotros y todo, absolutamente todo, se haya convertido en luchas políticas que nos enfrentan, que nos distancian, que nos agotan. ¿Acaso nadie tiene la visión política de defender la paz? Es posible que no quieran enterarse de lo que anhelamos, de lo que necesitamos para intentar rehacer nuestras vidas, no ven que aquel que nos escuche y haga suyas nuestras humildes demandas habrá ganado nuestra simpatía y nuestra confianza y podamos remar en una misma dirección para, desde la unión, enfrentarnos a los problemas que compartimos y queremos superar.


Pues parece que no. Aquella globalización que solo tenía virtudes se ha tornado en la importación de problemas lejanos que nos arrastran como si los tuviéramos a la puerta de casa. Claro que hay crisis económica, ¡como no la va a haber¡ Los inversores huyen de la inestabilidad local e internacional y la geopolítica nos ha estallado en nuestras narices.


Da la impresión de que aquel sueño de la globalización se ha vuelto pesadilla y de regalo nos trae conflictos sobre los que no podemos actuar más allá de hacernos víctimas-observadores de cosas inexplicables. El antiguo guardián del orden mundial es hoy un socio nada fiable porque, recuerden, estamos en Afganistán porque EEUU nos pidió ayuda y ahora, por su cuenta y riesgo, decide abandonar de mala manera un territorio que dejan en manos de terroristas crecidos ante el abandono de EEUU y sus aliados.


Los Talibanes no han ganado ninguna guerra, ninguna batalla, celebran su triunfo por la incomparecencia de sus enemigos. Mujeres maltratadas, madres que entregan a sus hijos para salvarlos de una muerte segura y jóvenes que se cuelgan del tren de aterrizaje de un avión que en pocos segundos se estrellan contra el suelo.


Ante estas bestialidades nadie habla de la paz, incluso los más asilvestrados culpan al mundo civilizado de lo que allí ocurre, el silencio de aquellas organizaciones de mujeres que defienden derechos donde ya los tienen callan ante la barbarie talibana.


Todo esto, debidamente aderezado con sobredosis nos llega a nuestras casas a través de los medios de comunicación para multiplicar nuestra impotencia. Nos hacen partícipes de las consecuencias y olvidan señalar a los causantes. Nadie comprende que es difícil sentarse a comer viendo cadáveres de personas inocentes y locos apuntando con sus armas a la población civil y sin nadie que hable de paz.


Quizá la paz no les interesa, pero deben enterarse de que sin paz no hay futuro y que nuestros hijos nos miran ojipláticos como queriéndonos decir, ¿qué habéis hecho con el mundo? Sin paz, queridos amigos, solo nos queda pedirles perdón pero, créanme, no será suficiente.

Nadie reivindica la paz