Antonio López, el sin papeles

|

¿Necesitan saber los policías municipales de Madrid quién es Antonio López? Rotundamente, sí, siquiera sea para que cuando le vean pintando en la calle, le dejen en paz.


Es más; no sólo debieran estar obligados a saber que entre sus convecinos se halla el mejor pintor contemporáneo del mundo, y a dejarle en paz cuando trabaja en la vía pública, pintando del natural y venciendo al tiempo y a la propia naturaleza, sino que también deberían saber cuánto honra el Arte a una ciudad y, en consecuencia, dejar en paz y brindar afecto y protección a cualquiera que plante su caballete en la calle, pues lo que con él se planta es el pendón de la civilidad en el corazón de la barbarie.


A su majestad Antonio López, que debe ese tratamiento de príncipe, entre otras cosas, a su extrema y sincera humildad, le pidieron “los papeles” dos guardias que, por lo visto, no tenían otra cosa que hacer en la Puerta del Sol, el lugar del mundo que registra más concentración de carteristas, descuideros y perillanes por metro cuadrado.


Se los pidieron, “los papeles”, mientras el eximio artista manchego, vecino de Madrid, pintaba la plaza tratando de obrar el milagro de dejarla vacía para la posteridad, pero conservando intacta toda la energía y toda la radiación que deja toda la gente que pasó y que pasa por ella.


En vano algunos de los transeúntes que formaban corrillo en torno al prodigio intentaron explicar a los guardias quién era ese hombre, qué hacía allí y por qué no necesitaba papeles ningunos. A un artista no se le piden los papeles, sino, en todo caso, sus obras, y ese hombre tan pequeño y tan grande que lleva quince años con su cuadro de la Puerta del Sol, que posiblemente no culminará nunca, ha llenado con ellas los mejores museos del mundo, y eso que sus obras no son muy de museo, sino de vida.


A los guardias esos que le pidieron “los papeles” nadie les exigió, para serlo de Madrid, saber no ya quién es Antonio López García, sino qué es Madrid, y se ve que por eso andaban tan perdidos. Se toparon con lo mejor que habita la ciudad, ese manchego octogenario que calza alpargatas, y no se les ocurrió otra cosa que pedirle unos papeles que no existen ni puñetera falta que hace. En vano también el propio artista les explicó lo que era natural y obvio, que estaba pintando la Puerta del Sol en la Puerta del Sol.


Tras el suceso, un reportero preguntó al artista que cómo se le ocurría pintar en la calle, en medio de la barahúnda, y Antonio, el sin papeles, le respondió que porque sólo pinta lo que ve.

Antonio López, el sin papeles