Egoístas

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el planeta en el que vivimos está muy enfermo. Más allá de la peste que nos ha asolado-cuyas consecuencias todavía estamos padeciendo-, así como de la presencia inestimable de la alargada sombra del cambio climático; la tierra que habitamos está podrida de egoísmo.

Este mal intrínseco a los seres humanos del que casi todos reniegan y la mayoría manifiestan en alguna de sus formas, genera guerras, conflictos, disputas, soledades, vacíos y rupturas de toda índole; que vienen a sembrar de infelicidad a una buena parte de personas que son clave para que todo lo demás funcione.

El tiempo perdido en la desazón y la melancolía producida por la decepción de unos individuos para con otros, convierte a unos en frustrados, a otros en amargados y a la mayoría en desilusionados. El mundo se resquebraja porque sus habitantes o son egoístas o padecen las consecuencias del egoísmo de otros.

Hay egoístas en todo y también los hay solo en parte, pero el denominador común radica en que, en su escala de valores y por encima del bien y del mal, se sitúan ellos mismos y sus convicciones aprendidas- que no están dispuestos a reconocer y mucho menos a modificar-por encima del bien y del mal. En mi opinión, se trata de un miedo irracional a encontrarse con quien verdaderamente son.

Los seres de esta índole contaminan el mundo del mismo modo que lo hace su obsesión por lograr sus objetivos. Barren para sus casas siempre que tienen ocasión y odian que se les diga lo que hacen de forma incorrecta, porque han llegado a convencerse a sí mismos de que sus convicciones son siempre las más sabias. Y, si alguna vez lo dudan, suelen utilizar la táctica de compartir culpas-algo que libera en gran medida sus almas y sobrecarga las de los demás-.

El egoísta antepone lo suyo a lo de los otros, jamás se involucra en demasía, no demuestra sus prioridades afectivas, hace casi siempre lo que le viene en gana, escucha solo lo que le conviene y, algunas veces, trata de limpiar su conciencia practicando la caridad con personas desconocidas. Campan a sus anchas agazapados tras sus intereses o mentiras. Huyen de aquellos que los conocen en gran medida y procuran manipular los acontecimientos en base a sus necesidades.

O buscan ser el centro de forma abierta, o dejando un reguero de sombras, dudas y culpabilidades. Si dan un dedo lo venden como si de una mano se tratase y, si no lo dan, se reafirman en que darlo va contra sus principios. Porque el egoísmo es en realidad la esencia más sucia de ciertos seres humanos que habitan en una búsqueda incesante por encontrar una reafirmación que, en el fondo, sienten que siempre se les acaba resistiendo.

Es la lacra de nuestra sociedad. El interés por uno mismo y sus circunstancias sin dar cabida al cambio, a la evolución, al aprendizaje, ni a la rectificación. La contaminación del espíritu que se propaga como la pólvora por todos los rincones de un planeta que tiene su origen en cada relación humana y que acaba haciéndose extensivo, por ejemplo, al ecosistema.

Porque si los egoístas utilizan a sus semejantes como medio para conseguir un fin, anteponiendo sus propios anhelos y necesidades a los de un tercero, ¿cómo van a preocuparse de un planeta herido de muerte? Sencillamente no tienen tiempo y, si lo hacen, será siempre en detracto de otras nobles ocupaciones y obligaciones.

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