Poder y fuerza: la razón de estado

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Cuando el Estado se define por el poder y el Derecho por la fuerza, la razón de Estado no encuentra límite alguno para su realización. Incluso se ha llegado a argumentar, desde posiciones que hablan o predican la racionalidad del poder como razón de ser de la norma jurídica, que en estos casos la finalidad a la que sirve la racionalización de la fuerza es precisamente su incremento o autoconsolidación. Es, con otro ropaje, la vieja tesis de la sofística griega que reaparecerá con virulencia en Maquiavelo y se insertará en el campo de la Moral con Nietzsche.

En efecto, el Derecho positivo así considerado no es más que un instrumento del poder político para la conservación del poder. En este caso, la finalidad se convierte en algo intrínseco al Derecho: entonces fin e instrumento se identifican y vale todo. Es decir, se trata del uso, por parte del poder, de una racionalidad instrumental o táctica dirigida, no a buscar el fin del poder público: la mejora de las condiciones de vida de las personas, sino el poder por el poder. Es la pura voluntad del Estado.

Si el fin se instrumentaliza o se determina previamente, resulta que poder y fin se identifican y el Derecho, así concebido, se introduce en un proceso sin fin, en una afirmación de fuerza refinada y calculadora, tal vez por eso más violenta; en una brutalidad enmascarada. Al final, sorprendentemente, la racionalidad se instrumentaliza al servicio del poder y el Derecho se convierte en un fino mecanismo de multiplicación, propagación y consolidación del poder, de la fuerza.

Hoy, en tiempos de pandemia, en que resucitan las hábitos tiránicos y autoritarios ante la extensión de los poderes del Estado de emergencia, es cada viz más importante el empeño diario de la ciudadanía por el ejercicio diario y responsable de todas y cada una de las libertades.

Por una sencilla razón: porque si no nos comprometemos cada día en el ejercicio de la libertad, quienes acechan desde el despotismo, se adueñaran de ellas y, luego, será muy difícil recuperarlas. La historia así lo acredita.


Poder y fuerza: la razón de estado