En qué quedamos...

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El discurso de Pere Aragonès se asienta sobre dos promesas incompatibles entre sí: ser el presidente de todos y ofrecer al electorado independentista “culminar” la independencia. ¿En qué quedamos? Porque resulta imposible conjugar a la vez ambas pretensiones. Y, según las ultimas encuestas, más de la mitad de los catalanes no quieren romper con el resto del Estado.


El problema es que, pese a ofrecer lo que él llamó “una vía amplia”, no consiguió convencer ni a los Comunes y mucho menos a Salvador Illa, del PSC, que le llegó a recordar que, como Cataluña no es una colonia, no se le puede aplicar la autodeterminación.


Aragonès, el primer presidente de ERC desde Tarradellas, salió elegido solo con los votos de los independentistas lo que le va a complicar extraordinariamente su intención de no poner plazo ni fecha a un referéndum pactado. 


Puigdemont, quien desde Bruselas ha vendido tan caro su apoyo que a punto han estado los catalanes de tener que volver a las urnas, pretende seguir tutelando a la Generalitat. Posiblemente, la tarea más penosa del nuevo president va a ser el librarse de tan incomodo padrino e intentar que la prometida mesa de diálogo con el Gobierno de Madrid no provoque la ruptura con sus socios. Y más, teniendo en cuenta que la CUP respondió a su discurso de investidura instándole a deponer su “actitud hostil hacia el movimiento popular y de desobediencia”. Con estos compañeros de viaje solo puede decirse que se prepare porque vienen curvas. Pese a que Pere Aragonès parece en las formas un hombre templado y dialogante, la mera presencia muy determinante de Oriol Junqueras en el Parlament (le habían concedido un permiso penitenciario en LLedoners para acudir al acto) evidenció quién manda en Esquerra. Los aplausos se repartieron entre el candidato y el líder de la formación que mantiene su aureola de “mártir” del ‘procés’.
Resulta también paradójico que las malas relaciones entre ERC y el PSC en Cataluña puedan, sin embargo, convertirse en amistad y entendimiento en la futura mesa de diálogo en Madrid. Y que su principal dirigente, Illa, ex ministro de Sanidad en el Gobierno de Sánchez, se quede como un cero a la izquierda en los posibles, futuros acuerdos con la Generalitat.


Cataluña tiene una tan grave crisis económica y de convivencia que su nuevo presidente haría bien en ocuparse de estos temas de manera prioritaria, pero, lamentablemente, corre el riesgo de que sus socios le empiecen a acusar de traidor antes de cumplir cien días en el cargo.

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