Constitución y democracia

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La Constitución de 1978, en su preámbulo, señala que la Nación española (...) en uso de su soberanía, proclama su voluntad de: “(...) Establecer una sociedad democrática avanzada”. Cuarenta y tres años después de la aprobación de nuestra Carta Magna, puede ser interesante reflexionar sobre la calidad de la democracia. Porque, como escribió Guizot “el poder de la palabra democracia es tal que ningún gobierno o partido se atreve a existir o cree que pueda existir sin inscribirla en su bandera”. En efecto, la democracia liberal es, como señalan Ortega y Gasset o Sartori, el tipo superior de vida pública hasta ahora conocida.


Sin embargo, la democracia no es un fin en sí misma. No puede ser un fin en sí misma porque está pensada como un instrumento de servicio a la gente, como una forma de facilitar la participación de la gente en la toma de decisiones. Es más, la concepción mercantilista de la democracia, y en general las versiones procedimentales ritualizadas son un evidente peligro para este tiempo. No sólo porque se asocian a planteamientos cerrados y opacos, sino porque desnaturalizan la esencia y la frescura de una forma de entender la vida y la convivencia basada en la libertad ya que, como es generalmente admitido, el método democrático es, antes de nada, un instrumento de aplicación y realización de valores y principios.


La democracia se ha convertido, no sin esfuerzo, en un paradigma universal e indiscutido. La democracia es, en suma, nuestro camino; sólo en ella se reconoce hoy nuestro destino. Por eso, es básico seguir impulsando los valores constitucionales y las cualidades democráticas. Porque la democracia, no se puede olvidar, es más un estilo de vida que una forma de gobierno. En efecto, se trata de un estilo que rezuma preocupación por la gente, capacidad de aprender, tolerancia, sensibilidad social, perspectiva crítica, optimismo, visión positiva y, por encima de todo, un compromiso constructivo y abierto con la dignidad de la persona.


El viento de la historia ha cambiado de dirección y sopla en un único sentido: hacia la democracia, sentenció con su habitual perspicacia el profesor Giovanni Sartori. Por eso, nos conviene a todos orientar permanentemente la nave colectiva en esa dirección y, corregir el rumbo cuando sea necesario. Porque, como recordaba Dahrendorff, el mayor enemigo de la democracia procede de las fuerzas políticas autoritarias. Por supuesto, pero como escribió el filósofo del Derecho John Dewey “la amenaza más seria para nuestra democracia es la existencia en nuestras propias actitudes personales y en nuestras propias instituciones de aquellos mismos factores que en los países totalitarios han otorgado la victoria a la autoridad exterior y estructurado la disciplina, la uniformidad y la confianza en el líder. Por lo tanto, el campo de batalla está aquí, en nosotros mismos y en nuestras instituciones”. Una sentencia de palpitante y rabiosa actualidad.

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