Pedro Sánchez piensa ya en 2050

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el año 2050, Sánchez, que cumple medio siglo de vida el mes de febrero, tendrá 78 años. Como ahora Biden. Que nadie se altere, ni para bien ni para mal: no es nada probable que siga en La Moncloa. Pero el presidente del Gobierno central sí piensa, nos lo va a decir este jueves, en cómo será el mundo, o cómo debemos prepararlo, cuando estemos en la mitad de este siglo XXI. Habrá titulares chuscos, claro: ¿pretende Sánchez quedarse en el poder hasta entonces? Improbable, con la que está cayendo, que sobreviva políticamente más allá de 2024, como mucho. Pero pido un poco de respeto para estos planes prospectivos, que son humo, de acuerdo; pero que también, como ocurre con la magia, nada por aquí, nada por allá, tienen algo de realidad.


Por supuesto, es Iván Redondo, y su Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia del País a Largo Plazo, dirigida por un joven de treinta y cinco años e impresionante curriculum académico --Sorbona, Columbia, Oxford-- llamado Diego Rubio, quien está tras este ‘Plan España 2050’. Que quiere ir más allá del ‘horizonte 2030’, del que actualmente se ocupa --o no-- el secretario de Estado de la cosa y secretario general del Partido Comunista, Enrique Santiago. Los retos climáticos y energéticos están en la médula de estos cálculos del futuro, en los que participan más de cien especialistas. Lo que ocurre con estas proyecciones a largo plazo es que primero hay que solventar lo inmediato. Y lo inmediato está tan lleno de retos que a saber cómo llegarán el planeta, Europa y este país nuestro ya al final de esta Legislatura, ocurra eso cuando ocurra. Que sospecho que será antes de esos novecientos días con novecientas noches que nos ha fijado el señor Sánchez como su primer horizonte de permanencia en el Gobierno hasta la convocatoria de unas elecciones generales. 


No está mal pensar en 2030, ni en 2050, si se utilizan los instrumentos de medición de la realidad necesarios y si la cabeza no se nos llena de pájaros. Y si no se pretende transformarlo todo en imagen evanescente en nuestro beneficio. Recuerdo que, en 1988, Alfonso Guerra, con ‘Manu’ Escudero --hoy embajador ante la OCDE--, presentó un ‘Programa 2000’ en el que habría participado, dijeron entonces, un millón de personas. Por supuesto, nada queda de aquella visión que en algunos aspectos era casi digna del Stanley Kubrick de ‘2001, una odisea del espacio’. En política, como mucho funcionan, no siempre y eso casi con trabajos forzados, los ‘planes quinquenales’. Pero ya digo que no está mal echarse a volar un poco de cuando en cuando para evadirse de las miserias de hogaño. Sánchez, aquejado de no pocas angustias, algunas de las cuales se las crea él mismo --las primarias andaluzas, sin ir más lejos--, se presenta como el dueño del futuro, aunque va resolviendo el presente según irrumpa la coyuntura. Y me refiero, sí, a la enrevesada y peligrosísima cuestión catalana, de la que en los cenáculos políticos madrileños --y en los catalanes-- ya ni se habla de puro aburrida, pero que habrá de aclararse ya esta misma semana. O estoy pensando en una situación económica que se nos quiere presentar como relativamente optimista a pocos meses vista, pero que, en realidad no parece serlo tanto, ni mucho menos.


Pero, en fin, Sánchez, que no sé si nos repetirá eso de que solo quedan noventa días para la vacunada inmunidad de rebaño, sabe que, dentro de treinta años, todos calvos --bueno, él quizá no tanto como ya lo está alguno de sus asesores, más joven que él--. Y que a ver quién está ahí en 2050 para decirle que, de las previsiones lanzadas en aquel acto de aquel jueves 20 de mayo de 2021, ninguna se cumplió: habremos sido arrollados, o arropados, quién sabe, por este presente inmediato que ni Redondo y su Oficina Nacional de Prospectiva, etcétera, ni Tezanos y su CIS, son capaces de fijar con exactitud. Nadie puede, esta es la verdad. Y, si no, que venga Asimov y lo diga.

Pedro Sánchez piensa ya en 2050