La vieja estación

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Hay lugares que nunca se olvidan por completo. No importa el tiempo que haya transcurrido, ellos siguen estando ahí, presentes en nuestra memoria. Se dice que esa sensación le ocurre a los que hemos vivido en muchas partes.


Hablando con un amigo que fue de visita a Barcelona de pronto aparecieron en mi memoria imágenes del día en que llegué por primera vez a la estación de Francia. Fue en el invierno de 1976, una mañana gris y fría del mes de enero.


Recalaba allí en un tren nocturno procedente de San Sebastián en el que había compartido uno de los habitáculos del vagón de literas con otros dos compañeros de trabajo y una muchacha que iba para Palma de Mallorca.


En la emblemática estación me estaba esperando un buen amigo. Aun parece que lo estoy viendo a través de la ventanilla, caminando nervioso por el andén, ojeando cada vagón para localizarme, mientras se escuchaban los molestos chirridos de los frenos del tren en su lenta aproximación a la topera de la estación.


Nada más poner los pies en el andén volví a verlo, estaba lejos. Levanté el brazo, haciendo con él algunos movimientos circulares. Al verme se acercó ligero, casi corriendo. Nos saludamos, presentándole acto seguido a los otros compañeros. Fue todo breve.


Después nos dirigimos, maletas en mano y bolsos en bandolera, a la cafetería de la estación; el frío obligaba a ingerir algo caliente. Al entrar descubrimos en una esquina la mesa libre que necesitábamos. Recuerdo que era pequeña, casi minimalista, apareciendo al momento un camarero muy hacendoso. Nos sirvió con prontitud. Allí, en aquel bullicioso local, mientras apurábamos unos cafés con leche nos pusimos a hablar de lo pesado que había sido aquel viaje nocturno y del intenso frío que hacía aquella mañana en Barcelona.


Minutos después, ya con el cuerpo caliente y la mente despajada por la cafeína, nos dirigimos lentamente a la salida de la estación, encontrándonos de repente con una kilométrica fila de taxis, viajeros que iban y venían, prisas, bocinazos, maletas por doquier, gente vociferando. Una locura.


En medio de lo que aparentaba ser una especie de “caos organizado” no quedaba tiempo para despedidas, al menos para una despedida decente de aquellos compañeros. Así que, economizando palabras y gestos todo se quedó en un breve adiós. Eso sí, prometiendo volver a vernos pronto, cosa que nunca sucedió. Mientras todo eso ocurría mi amigo había ido a recoger su coche, un viejo Citroën que había dejado aparcado cerca de allí.


Al regresar se detuvo lo justo para colocar mi maleta en el asiento trasero y subir al coche. Ni siquiera pudo ser en el maletero. No había tiempo. Lo impedían los bocinazos ensordecedores del enjambre de vehículos que teníamos detrás.


Minutos después ya estábamos circulando rumbo a Cornellá de Llobregat, ciudad a la que yo iba destinado como funcionario y en la que este amigo residía desde hacía solo unos pocos meses con su mujer y su pequeña hija. Por lo tanto, yo también iba a ser otro “cornellanense” más durante los próximos tres años. Pero esa es otra historia.


Pero volviendo a la vieja estación. Sin duda, es un lugar entrañable, encantador, seductor, casi mágico. Por cierto se llama así desde 1878, que fue cuando entró en funcionamiento la línea Barcelona-Granollers hasta la frontera francesa.


Uno se imagina a sus cúpulas modernistas viendo pasar el tiempo –como en la canción de la Puerta de Alcalá–, siendo testigos de emociones, abrazos, dolor, lágrimas, besos, despedidas tristes, recibimientos felices. Escenas, todas ellas tan humanas que no dejan de producir cierta nostalgia romántica.


Porque al final lo que cuenta en la vida de cada uno de nosotros son los lugares, los momentos, las personas que se cruzaron en el camino, los amigos, las experiencias. Esas cosas son las que de verdad enriquecen por dentro.


Las describió a la perfección el poeta portugués, Fernando Passoa, cuando dijo que “el valor de las cosas no está en el tiempo que duran sino en la intensidad con que suceden. Por eso existen momentos inolvidables, cosas inexplicables y momentos incomparables”.

Y todo ellos pueden ocurrir en unos minutos en una vieja estación

La vieja estación