Padre

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Acaba de fallecer, octogenario, el padre de un amigo mío. Además del dolor por la pérdida, me escribía éste sobre la felicidad de permanecer a su lado durante el desenlace y recibir, en íntima comunión, sus últimas acciones y palabras.

La orfandad es un estado natural en los adultos. Sobrevivir a nuestros hijos resulta una anomalía, un patético desorden... Hablábamos de Muerte, asignatura pendiente para todos, que nunca se incluye en los planes de estudio del bachillerato, exista o no la “educación para la ciudanía”: el aprendizaje para entrar, con dignidad, en el “gran sueño”, la fase más duradera de la Vida. A sus detractores, siempre les recomendaría la lectura (o audición en la red, recitado por su autor) de “¡Qué Pena…!”, el poema de León Felipe, donde deja cantado y bien cantado lo aburrido –y lo incómodo– que le resultaría la muerte de la muerte…

A nivel personal, lo tengo escrito, fue Carmelo Teixeiro quien me enseñó cómo se marcha uno –salvedad hecha: siempre que te dejen…; pero eso es otra historia y otra esquela–: con la misma honestidad y valor con que se ha estado viviendo a este lado de la laguna Estigia; sin grandes alharacas ni estridencias; programando trabajos y compartiendo afectos hasta el último aliento de tu vida.

Comentaba con este amigo mío, en los días previos a lo ya irremediable, la diferencia, para un hombre, entre perder a un padre y a una madre. El segundo dolor, su inmenso desamparo, aparece como mucho más viable, más sencillo: te desgarras por dentro, llorando por la muerte de tu madre. Al encarar un hombre, copla a copla, a pie firme, la muerte de su padre –en el que se ha ido convirtiendo con los años: está dentro de ti, por condición genética; por convicción moral de la que te han impregnado su educación y sus valores–, te sabes destinado a mantenerlo vivo, presente y esencial, ahora que sois el mismo (u os halláis en proceso de lograrlo). Si tu madre te llevó en su vientre, tú albergas a tu padre, mientras te quede vida, en el corazón y la cabeza. No conozco misión más noble o trascendente, como hijo…

Padre