Ser o no ser

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La mayoría de las personas  tendemos a pensar que nuestra forma de ser es la correcta, básicamente, porque nos hemos acostumbrado a ella y no conocemos ninguna más de manera tan profunda. En muchas ocasiones, este hecho nos lleva a querer amoldar a todo nuestro entorno a nuestras necesidades.

En principio, esa práctica no tendría demasiada relevancia si no fuese porque, al llevarla a cabo, dejamos de respetar la esencia de la otra persona estableciendo pautas mentales acerca de cómo pensamos que esta debería comportarse en cada momento o de lo que-a nuestro juicio-sería de esperar que hiciese. En ese mismo momento entra en juego un concepto que hemos creado nosotros en base a nuestras percepciones o necesidades, nunca en lo que se refiere a las del otro individuo, quien está en su derecho a no responder con lo que esperamos de él.

Aceptar  que los demás no están aquí para ser como queramos que sean, es un trabajo de aceptación que nos ayuda a liberarnos porque no dependemos del comportamiento de los demás. Nos ayuda a ser más flexibles y a aceptar a las personas tal y cómo son, con sus virtudes y con sus defectos

Tenemos que pelear por responsabilizarnos de nuestro propio bienestar, ya que este únicamente depende de nosotros y de ser capaces de relajar nuestras  expectativas para con los demás. A la vida venimos solos y de ella nos vamos del mismo modo; por ello debemos centrarnos en nosotros mismos y aceptar que hay partidas que toca jugar en solitario. Estar esperando que los demás muevan las fichas tal y cómo deseamos que suceda, no nos traerá nada más que decepción. Una decepción con nosotros mismos- que no con los demás-, por mucho que queramos engañarnos.

Pidamos a la vida lo que deseamos, pero aceptando que ella decida cómo llevarnos a cumplir esos objetivos. Seamos tolerantes y aceptemos-tal y cómo solía repetir mi abuelo paterno-, que Dios escribe derecho con renglones torcidos.

No queramos manejar la vida a nuestro antojo. Sugirámosle lo que nos gustaría, perseveremos en lo que consideremos el camino correcto para lograrlo y tengamos esperanza, pero jamás pongamos las habas de nuestra felicidad en el caldo de otro. 

Todos somos diferentes y nadie es mejor que nadie. Es importante dar sin esperar demasiado ni permitir que nuestra cabeza se entretenga haciendo cábalas de cosas que, en su mayoría, no van a suceder nunca o no del modo en que esperamos.

La alegría de la vida radica en la sorpresa que ello entraña. El estar entretenidos en la consecución de nuestras metas, aceptando tropiezos y sin perder la fe; logrará que seamos más felices, pero si además tenemos la suerte de toparnos con personas de prismas de vida similares, que no pretendan cambiarnos ni al revés, que nos acepten como somos y que hagan que las  posibles diferencias existentes aporten más de lo que apartan o se igualen por “contagio”; tenemos muchas posibilidades de hacer que esa felicidad sea para siempre.

Ser o no ser