UNA CIUDAD, UNA ÉPOCA

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Al principio de la transición nadie podía imaginar, que unas décadas más tarde Cataluña estuviera a punto de separarse de  España. Era tan fantasioso como hablar de la posible caída del Muro de Berlín. Sin embargo, aquello ocurrió. Como también puede ocurrir lo de Cataluña.
Pero este humilde cronista no hablará de la posible independencia catalana, sino de algunas de sus vivencias en Cornellá, ciudad de la Barcelona periférica. A finales de 1970 esta urbe se acercaba a los cien mil habitantes, siendo el municipio más poblado la comarca del Bajo Llobregat.
Pero hagamos algo de historia. Su industria textil comenzó a mediados del Siglo XIX, pero no fue hasta 1950 –en esa época tenía 11.000 habitantes–  cuando empezó una industrialización más amplia y acelerada, la cual significaría el desembarco masivo de inmigrantes andaluces y gallegos.
A raíz de esta segunda industrialización el crecimiento de la urbe se tornó vertiginoso, dando origen al nacimiento de nuevos barrios, como el de San Ildefonso (1950) y Fonsanta (1974).
Más que barrios, eran una especie de ciudades-dormitorio o ciudades-satélite con construcciones de mala calidad, los edificios parecían auténticas colmenas.
En aquellos años donde se impulsaba el crecimiento rápido, lo de menos era la calidad de las construcciones. Lo importante era levantar grandes barrios en el menor tiempo y, sobre todo, al menor costo posible. Era el “desarrollismo”  impulsado por los tecnócratas del régimen que habían defenestrado a los  que querían seguir con la autarquía.   
En el período de la transición toda la comarca del Bajo Llobregat era altamente conflictiva. De hecho, una parte de ella se llamaba la “zona roja” o “bolchevique”, puesto que la mayoría de sus residentes simpatizaban con el PSUC (Partit Socialista Unificat de Catalunya). Las huelgas proliferaban en todos los sectores, extendiéndose por toda la comarca; algunas incluso con matices violentos. Por consiguiente, el gobierno decidió emplazar en la ciudad un destacamento de Policía Armada (hoy Policía Nacional).
En aquellos días los enfrentamientos entre agentes –los “grises”, como popularmente llamaban a los policías– y huelguistas ocurrían a diario. Eran todo un ritual. Los otoños de Cornellá consistían en manifestantes corriendo delante de los grises, botes de humo, balas de goma, pedradas y cócteles molotov.
Las dependencias policiales estaban situadas en un pequeño edificio de planta baja, en la avenida San Idelfonso, muy cerca de la Carretera de Esplugas.
Era un inmueble apático, indiferente, que había sido utilizado como casa de la cultura. La conflictividad laboral era tal, que muchas veces los agentes, después de haber terminado su turno, estaban obligados a continuar de servicio.
En aquellos tiempos las huelgas y las manifestaciones –muchas en un limbo legal, pues todavía no estaban reguladas– no eran la excepción sino la regla. Cosa que, irónicamente, no ocurre en la actualidad con una situación laboral mucho más crítica.
Los conflictos sociales y laborales venían de lejos. Sólo hay que recordar que mediados los años 60 del pasado siglo había unos 10.000 niños sin escolarizar en la comarca. Aunque a mediados de los años 70 no existía este problema, continuaban arrastrándose otros. Todos los días cerraban empresas y había despidos, en ese sentido la época guarda muchas similitudes con la de hoy.
Lo que no se parecen son los sindicatos. Los líderes sindicales del  Bajo Llobregat como Navales, Cerdans, Luque y otros, mantenían una posición vertical en la defensa de los derechos de los trabajadores. Ellos no tenían nada que ver con la “casta” que dirige hoy el mundo laboral, en realidad, se la jugaban por los trabajadores.
A finales de la década de los 70 las cosas empezaron a mejorar, al menos ligeramente. En 1976 se inauguraba el metro (L5) de Barcelona a Cornellá, por vez primera vez llegaba al barrio de San Idelfonso. Ese año también los Reyes visitaban la ciudad. Se estaba cerrando el fin de un ciclo histórico y se abría otro.

 

UNA CIUDAD, UNA ÉPOCA