EL MONTAPLATOS

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En el Rosalía, ciclo principal, la compañía Animalario Teatro ofreció dos representaciones con aforo completo de “El montaplatos”, de Harold Pinter. Correcta dirección escénica de Andrés Lima, apoyado en buena escenografía de habitáculo miserable –camas, puertas de acceso, paredes negras y ascensor-, iluminación, sonido, música y efectos especiales. Dos hombres –asesinos a sueldo en su particular laberinto– charlan, desesperados, mientras aguardan órdenes. El siniestro tema tiene precedentes cinematográficos al quebrarse la pareja por la traición de uno a otro.

Demasiados guiños, muchos engaños, tópicos, cosas que suceden y no se explican, móviles ocultos que tampoco se descifran. Estamos ante el torbellino del teatro actual como fenómeno de lucha empresarial que aspira a consolidarse. Su fuerza radica en su capacidad para “destreatalizarse”, utilizando subterfugios ajenos a la palabra como esencia dramática.

Aquí incluso, al levantarse el telón, hay varios minutos oscuros hasta que se ilumina el escenario. Tampoco se explica que en una habitación pobre y desvencijada funcione tan bien el montaplatos de un viejo restaurante… Síntomas inequívocos de que los tiempos no son favorables para promotores y actores asfixiados por los recortes de subvenciones públicas. De ahí que se ofrezcan monólogos, si acaso una pareja y pare usted de contar… Y los autores, sometidos a tales exigencias, acusan sus propias limitaciones.

Jesús Barranco –el veterano sicario, siempre ordeno y mando, despiadado, cínico y explosivo en sus desplantes– da en ese actor que se nos hace antipático por lo bien que interpreta su papel. Guillermo Toledo –atolondrado, “noviño” para su experimentado compañero, siquiera también más inocente– le da justa réplica en el manejo de la pistola, sus deseos de “poner y no encender la cafetera” y su desaparición final…

EL MONTAPLATOS