Las consecuencias de la corrupción

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Un país en el que la corrupción campa a sus anchas es un país en el que se produce una quiebra muy grave de la función pública, un país en el que, en lugar de defender, proteger y promover la dignidad humana, esta se usa al servicio de los intereses más inconfesables.
En efecto, cuando la corrupción hace acto de presencia y no se la combate, trae consigo una evidente pérdida de categoría y de calidad humana en quienes ocupan o desempeñan cargos públicos con la consiguiente y progresiva desafección ciudadana.
La corrupción propicia la pérdida de la profesionalidad en la tarea pública y contagia una determinada forma de hacer o de “trabajar” opuesta a los valores propios del trabajo honesto e íntegro
La corrupción provoca un falseamiento del sistema de mercado, se socavan los principios de publicidad y de concurrencia y, también, el de acceso a la función pública de acuerdo con el mérito y la capacidad.
Desde el punto de vista económico, la corrupción provoca el incremento de los costes de las empresas que acuden a las prácticas corruptas, lo que lleva a elevar el precio de los bienes y servicios que producen. Y, cuando el demandante de esos bienes es la propia Administración pública, lógicamente, aumenta el gasto público. Y, si estas operaciones se llevan a cabo a través de empresas que realizan la intermediación en el ámbito de la denominada economía sumergida, entonces las arcas públicas ven reducidos sus ingresos en la cuantía en que se evaden los impuestos.
Por otra parte, la corrupción produce una falta de racionalización en el gasto público, tanto en su eficiencia como en su eficacia.
También, desde el punto de vista de los fondos públicos, se produce una clara relajación de los sistemas de control del gasto a través de fiscalizaciones “a posteriori”, que ya nada pueden hacer más que constatar los desaguisados  o escándalo.
Otro efecto, no menos grave, es que la corrupción, desgraciadamente, aleja de las tarea públicas a aquellas personas que podrían prestar un servicio al bien común con su participación en la dirección de la cosa pública. Y, por el contrario, fomenta la partitocracia, las comisiones ilegales a los partidos políticos y, en definitiva, un clima social de engaño y mentira en el que todo se mide en función del dinero y del poder, y en el que se pierde, poco a poco, la referencia humana que, tan importante es, y que, a pesar de los pesares, es la referencia fundamental del sistema democrático: el servicio al pueblo.

Las consecuencias de la corrupción