EL AMOR POR LAS PLAZAS

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La Grecia clásica no se parecía en nada a la actual. Lo que ahora son piedras arrumbadas por el país, eran entonces edificios majestuosos. Los mangantes no podían en aquella época perpetuarse en el poder, pues existía un espacio público llamado ágora, donde los ciudadanos discutían sobre sus problemas y si llegaban a la conclusión de que sus gobernantes guardaban cierto parecido con unas ristra de chorizos, los deponían.

Al exportar su cultura, incluyeron en el lote el amor por las plazas públicas, una pasión que España ha mantenido viva, incorporando incluso sus propias aportaciones. Por ejemplo, en una época oscura como la Edad Media, los autos de fe fueron el reclamo perfecto para atraer a miles de personas a las plazas. El olor a carne quemada, los gritos de las brujas al sentir que el fuego purificador las convertía en churrasco ejercían una fuerza irresistible sobre los ciudadanos.

Siglos más tarde, en otra época oscura para el país, no hacían falta los alaridos para abarrotar las plazas. Al revés, miles de españoles acudían a la plaza de Oriente cada vez que un militar de voz aflautada se asomaba al balcón principal del palacio para denunciar la amenaza que entrañaba la conjura judeo-masónica-marxista.

En Galicia, años más tarde, un civil de voz tronante conseguía también que centenares de gallegos se reuniesen cada cuatro años en la gran explanada que se extiende a los pies do noso señor Santiago. Allí, todos juntos, se emocionaban y dejaban escapar unas lágrimas, pero ninguno de ellos escuchaba sus sollozos; el sonido de miles de gaitas los acallaba.

Incluso, A Coruña, a pesar de la tensión que genera el choque del peso griego que dejó Hércules con la condición turka de la ciudad, siente una gran pasión por las plazas. La última prueba de esa querencia se vivió durante los últimos días. Cuatro Caminos estuvo a rebosar durante la noche del domingo, mientras que el lunes fue la de María Pita la elegida por miles de personas para reunirse.

Pero A Coruña, peculiar en tantas cosas, lo es también en la vestimenta de quienes acuden a esas masivas xuntanzas, ya que todos lucen una camiseta de rayas blancas y azules. Pero la uniformidad no se reduce solo al vestuario, sino que se extiende también a los cánticos que corean los asistentes, que al cabo de unas horas vuelven sonrientes a sus casas.

Todo un contraste con lo que ocurre en otros lugares, en donde quienes se autodenominan indignados –la sonrisa no puede ser, por lo tanto, una de sus características– montan campamentos en las plazas públicas. O sea, las privatizan para su uso particular, desvirtuando así la esencia de la idea originaria de los griegos, pero como son tan guays se sienten con derecho a ello.

 

EL AMOR POR LAS PLAZAS