Mochilas vacías

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Mas personas inquietas, inconformistas, esas que se resisten a permanecer en el mismo lugar para siempre y que aman explorar nuevos horizontes, están más interesadas en el recorrido, como dice el poeta Kavafis en un poema, que en la meta final.   

Es cierto que el recorrido tiene su precio. Los que fuimos algo trotamundos podemos dar fe de ello, se ganan cosas pero también se pierden otras, como el sentido de pertenencia a la comunidad de origen. Incluso algunos sufren el llamado “complejo de Ulises”, viviendo una existencia con mucha confusión.              
En todas las épocas hubo personas que les sedujo la aventura, conocer otros lugares, vivir otras vidas, es decir, salirse de la monotonía de tener que hacer siempre lo mismo o de permanecer inmóvil. Pero los tiempos cambian. Hoy, debido a los avances tecnológicos y la globalización de la economía, los trotamundos modernos ya no buscan nuevas experiencias para salir de la rutina, sino que viajan constantemente para encontrar oportunidades laborales y profesionales.  

Después de todo,  independientemente de las razones que tengan para alcanzar su Ítaca personal, en el camino les esperan experiencias que les ayudarán a enriquecer sus vidas para siempre. Lo digo porque de jovencito este servidor, enrolado a los 17 años durante un breve período en un barco mercante, todavía conserva algunos recuerdos. Como la llegada a los puertos de Goa, Alejandría o Kuwait, o la película y el té con pasteles al que nos había invitado el capitán de un barco soviético atracado a la proa del nuestro en el puerto de Karachi. O los sabores de la deliciosa pizza que nos preparaba a bordo del “cucarachero” –como le llamaban algunos al barco por la cantidad de cucarachas que pululaban por él–  el cocinero napolitano, un “manjar” desconocido para la mayoría de los españoles de esa época.

Aunque bien es cierto que los tiempos duros de la posguerra quedaban ya lejos, lo de la pizza no es algo anecdótico, sin embargo, todavía a finales de los años 60 se percibían algunas de sus secuelas y también la gran desconexión existente del régimen de Franco con el mundo exterior, especialmente con el mundo europeo. Por eso uno disfrutaba de cada puerto, de cada ciudad, como el niño que está descubriendo cosas, viviendo nuevas experiencias y haciendo nuevos amigos.  

En todo caso, esas y muchas otras vivencias le aportaron a uno cosas diferentes, nuevas, otra visión del mundo. Es cierto que no todas las experiencias son maravillosas, soberbias. Pero eso es como todo. Es decir, la manera de aproximarse a ellas determina la mayoría de las veces el resultado final. Hay personas que no solo se nutren de los buenos momentos, sino que extraen también cosas positivas de los menos buenos, incluso de los malos. Lo importante como dice un amigo es tener una buena predisposición para afrontarlos, para vivirlos, para entenderlos. Ahí parece estar la clave.
Por poner un simple ejemplo, ¿puede haber algo más maravilloso que el contemplar un atardecer en el pequeño pueblo griego de Imerovigli, tomando un vino Kallampaki y escuchando un sirtakis? Para este servidor nada puede superarlo. Pero, claro, esas cosas dependen en gran medida de los valores con que esté fabricado el macuto de cada cual. 

En estos tiempos el valor de las cosas prima sobre cualquier otro tipo de consideraciones, por lo tanto, son pocas las personas que están interesadas en llenar sus mochilas con lo importante, con lo que pueda mejorarlas. Y cuando las llenan con algo, lo hacen con historias relacionadas con veleidades o presumiendo del dinero que poseen en sus cuentas corrientes. Sus vidas giran alrededor de esas cosas volátiles, frívolas, puesto que para esa tropa no existen otros horizontes. Bien mirado carecen de vida interior, o si la tienen es una vida gris, triste, de una gran indigencia.

Por eso es tan importante el contenido de la mochila. Un morral vacío o lleno de trivialidades nunca puede ayudar como el que está lleno de cosas sólidas, duraderas, de esas que no son de usar y tirar, que no se pueden comprar ni vender. Uno intuye que el verdadero “éxito” en la vida radica en esto último.

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