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El camuflaje del mal (I)

Ante la actual situación social, política, económica y cultural del mundo globalizado, quiero sostener la tesis siguiente: el capitalismo, en su estado global actual, es responsable de un lento y eficaz genocidio, que trasciende los límites ordinarios por los que se ha entendido tal concepto, y aniquila sin ningún tipo de conciencia política, movido exclusivamente por una mera necesidad económica de tipo estructural.
Si Hitler o Stalin, entre otras representaciones del “mal” acaecido sobre el mundo, fueron seres humanos monstruosos, sus mostruosidades se guiaron por un proyecto político que se manifestaba justo en el límite de la política. La radicalidad de sus proclamas y acciones no dejan lugar a dudas. Era un delirio político crepuscular el que los movía y no la aplicación de una fórmula económica.
De la misma manera que el desvarío de Calígula de pedir la luna –en la obra homónima de Camus– traía consecuencias irremediables en la vida común de su imperio, propagando arbitrariamente la culpabilidad y la muerte entre los ciudadanos romanos, no podemos negar que cualquier proyecto político, por muy espeluznante, demente o paroxítono que resulte, es todavía un asunto de política.
La sanguinaria y enloquecida manifestación de algunos proyectos biopolíticos del siglo XX –cuyos mayores referentes siguen siendo la Shoa y el Gulag– nos ha dejado en estado de shock y en una incapacidad de imprevisible duración para volver a pensar en el mal. Lo evidente y contagioso del horror, del menosprecio más absoluto de la vida del hombre hacinado en los campos de exterminio, nos ha hecho desterrar de nosostros la idea de que puedan haber otras formas, más sutiles y, desde luego, menos visibles, de prolongar “el lado más tenebroso de nuestra especie”. Y, sin embargo, las hay.
Si hoy todavía podemos temblar ante lo sucedido en Aushwitz es porque nos resulta inconcebible una organización política basada en la muerte, cuyo escalofriante retrato desafía toda concepción de humanidad pensable.
¿Cómo puede ser posible un mundo fundado en el tratamiento de los seres como recursos y finalmente como residuos? Arrojados a una fosa de desprecio y de olvido, no encontranos una “racionalización” posible para el despojamiento absoluto de todo signo humano. El escándalo de los campos de concentración, cualesquiera que estos sean, radica en el fin de todo proyecto político y humano justo allí donde todavía podemos ver un delirante intento de organizar políticamente la sociedad.
Pero, ¿qué pasa cuando perdemos hasta esta referencia y las cosas son  legitimadas por algo que, nos dicen, está más allá de toda política, en un espacio con reglas propias para las cuales, sin embargo, una vida singular es algo tan ajeno y desechable como lo fue la debilidad para el “Blut und Boden” (Sangre y Tierra) nazi? Entonces damos un paso más y aceptamos tácitamente que la muerte pueda ser el fundamento para la nueva organización del mundo.
Lo que ayer no logró la barbarie, desde la política, hoy pretende conseguirlo, desde la economía. La humanidad imposible, “pura” e irreal del desvarío totalitario, hoy se nos impone como una necesidad “técnica” e irrefutable. El horror totalitario de hoy es el de un sistema que quiere hacer posible lo imposible, puro lo contaminado, real lo atroz, sin tan siquiera hacer pensable la respuesta.
El neocapitalismo ha retomado el relevo en esta misión de racionalizar un plan de exterminio selectivo. Habla de “mercados” y utiliza toda clase de abstracciones para que aceptemos como “necesidad lógica y objetiva” el que la solución final que ejecuta no dependa de nosotros. Habla de necesidad y de mejora, pero ante nuestra sospecha de que nada de eso sea cierto, apela a la democracia para recuperar, mediante el simulacro, la dimensión política que nos ha robado y apaciguar así nuestras suspicacias.
Pero si llegamos a la desobediencia, las protestas se toleran mientras son juegos en el patio y no llegan a los congresos. Si lo hacen, entonces el mal pierde parte del maquillaje que lo camuflaba y muestra su verdadero rostro de violencia “total”, de desprecio radical del otro –al que ni tan siquiera concibe más allá del número serial– y de cálculo genocida.
Tampoco para el gran capital que está detrás el hombre es más que un recurso (humano) y un potencial residuo sustituible. “Arbeit und Tod” (Trabajo y Muerte).

El camuflaje del mal (I)

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