UMBERTO Y SU ECO

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Ha muerto como del rayo, que diría Hernández, siempre es así, cuando muere un creador. Hemos perdido al semiólogo que mejor explicó el efecto de los símbolos en la vida del hombre. El escritor que demostró que toda medición es exacta en la tozuda tarea de hermanarla con la verdad rebelada de la ciencia. Con su permiso, y a modo de homenaje, me gustaría medir con su agudo sentido de análisis y a través de dos de sus obras, la actual situación política que vivimos. Cabe preguntarse, estamos ante la etapa El nombre de la rosa, o más bien en la del Péndulo de Foucault. 
Quién es aquí Juan de Burgos, el bibliotecario ciego, guardián en este caso del libro de la poética social escrito por el colectivo La Transición. Ese libro que es objeto de deseo y de desdén. Ese que invocan los satánicos y satanizan los diablos, en perfecta armonía con lo inarmónico de nuestra endiablada relación. O somos más ese Péndulo que denuncia y anuncia verdades que dicen ser inmutables en el quehacer orbital de esta sociedad que conspira en todo lo que hace y respira en la absurda conspiración.
Entiendo que somos una mezcla de los dos. Por un lado, ávidos lectores del libro envenenado de nuestras vergüenzas sociales, y por otro masa inerte del pesado instrumento que oscila incesante entre el pasado y el presente, con la arrogancia propia con la que lo hace todo lo que se expresa omnipresente. 
Descanse en paz, a nosotros nos está vedado.

UMBERTO Y SU ECO