Usted no sabe quién soy yo

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este recurso, que demuestra gran pobreza moral, era de uso frecuente en otros tiempos y otros escenarios. Bien podría relacionarse con la casta más abyecta que teníamos por superada. Y digo teníamos, porque Sánchez e Iglesias han recuperado esas maneras para justificar lo injustificable; tanto uno como otro se han saltado sus cuarentenas para “salir en la tele”. Ambos tienen a sus mujeres infectadas por el Covid-19 y eso supondría, para los ciudadanos normales, un encierro obligatorio en solidaridad con la ciudadanía, pero a ellos les da igual, ni siquiera se preocuparon de aparecer con mascarillas para maquillar su incalificable actuación, un mal ejemplo sin duda para una sociedad que permanece encerrada en sus casas sin necesidad de tener a ningún infectado en su familia. La última aparición de Iglesias en rueda de prensa fue tan forzada que no engañó a nadie. No dijo nada ni mucho menos aportó algo, solo quiso demostrar que ÉL estaba ahí y que es vicepresidente de no sé qué. Y lo peor es que no se me hace nada extraño ver a Iglesias usando las maneras de la vieja casta, siempre sospeché que este iluminado presuntamente ilustrado, venía a lo que estamos viendo y ahí está la hemeroteca para observar su total mutación sobre la moqueta de los elegidos. Aquel recurso que da título a este artículo no le vale a usted señor vicepresidente porque toda España ya sabe quién es usted y lo bien que le va la vida. Es posible que mirarse al espejo le ruborice, pero es una posibilidad remota, seguramente le guste lo que ve e incluso se le escape una carcajada al recordar a los millones de personas que, aún menguantes, creyeron en usted. No se despreocupe, en Galicia tienen un dicho que se utiliza mucho por San Martín y que usted llegará a conocer seguro. Hasta entonces siga por el camino de la prepotencia, siga diciéndole a los ciudadanos los que tienen que hacer mientras usted hace lo contrario. Esta crisis sanitaria la superaremos y lo haremos a pesar de gobernantes como ustedes, de irresponsables que empujaron a las calles a cientos de miles de mujeres cuando el virus ya vivía entre nosotros, aún no escuché un perdón por ello y no lo escucharé porque para pedir perdón hay que tener conciencia y de eso van ustedes escasos.

Pero España es otra cosa, esa camisa blanca de mi esperanza que rezaba la canción hoy se torna en batas blancas, las de los que luchan de verdad, sin paripés, contra el enemigo común. Miles de sanitarios se dejan la piel cada día e incluso la vida para protegernos desde su propio anonimato, desde su compromiso y entrega a la sociedad a la que pertenecen. Hoy quiero recordar a dos personas íntegras y humildes que invirtieron sus esfuerzos y recursos para que su hijo se formase y sea hoy un prestigioso doctor que se dedica a salvar vidas, que estos días no tiene descanso. Ese hijo que hoy llena de lágrimas los ojos de sus padres, lágrimas de orgullo, de honor, de satisfacción de esos padres que sienten que todos sus esfuerzos merecieron la pena. Cada vida que su hijo salva  es el resultado de la suma de muchas personas y esfuerzos que, ustedes señores Sánchez e Iglesias no saben quienes son, pero, en realidad, son los que nos dan esperanza en estos tiempos y que es inversamente proporcional a la incertidumbre que ustedes nos generan y que, créanme, es inmensa. Gracias pues a Julio y Carmen y a su hijo y a través de ellos a todos los Julios y Cármenes que desde sus esfuerzos han puesto a nuestro servicio a médicos, enfermeras, celadores, limpiadores, conductores de ambulancias etc. que cada día salvan vidas y no salen en TV. Es cierto, no sabíamos quienes eran ustedes, pero ahora ya lo sabemos y, no lo duden, lo recordaremos en su momento.

Usted no sabe quién soy yo