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Reencuentros

Lunes, 21 de Julio de 2014 (Londres)
Si la música es un arte del tiempo, mientras que las artes plásticas lo son del espacio,  como sostenía Lessing, los reencuentros suponen entonces una manera musical de sentir la plasticidad de nuestros cambios. El tiempo nos va esculpiendo continuamente y de esa incesante labor solo nos damos cuenta cuando, en algún lugar y minuto de este giratorio mundo, nos miramos nuevamente a los ojos y sentimos, de pronto, una mezcla de alegría, nostalgia y asombro. El niño vive en el don de las presencias inaugurales, cuando todo lo que aparece pareciera duradero. El adolescente, conmovido como está ya de deseo, acomete el encuentro con un apremio que lo lleva habitualmente másallá de la embriaguez en un mundo acelerado y fugaz. Pero solo la madurez conoce el reencuentro, la ebriedad titilante de lo que reaparece de otra forma, la extraña disposición de un mundo que cambia y que, al mismo, tiempo, permanece.
Reencontrarse en una gran ciudad, en una ciudad que arde y se aguanta apenas unos segundos entrelos dedos, brinda un enigmático contraste: la ciudad que se renueva a cada segundo, cuya corriente de automóviles recuerda la corriente del río de Heráclito, apareciendo como escenario de ese pasajero momento en el que creímos poder revivir lo pasado. Por eso cada reencuentro tiene algo de la infancia y de su mágica fe en la eternidad. Pero poco a poco, adentrándonos uno en el otro, como en la amistad y la palabra, abriendo surcos que repiten hacia adentro los surcos que hacia afuera abren nuestros paseos sobre la tierra o el agua, vamos descubriendo que ya casi nada de lo que fue se mantiene en pie. La vida nos muestra distintos. Y, sin embargo, es ese “casi” el que todavía nos permite reconocernos, porque es tan poderoso el pasado que nos precede, que basta la resistencia de un minúsculo fragmento de alma para seguir sintiendo bajo la piel al niño que canta y que juega, al adolescente que aún es niño, aunque desea. Y en la superposición de esas capas que nos han formado como tells mesopotámicos, aflora  el tiempo con nuestro rostro presente, que es rostro de batallas en curso, de alegrías y tristezas, de desengaños y anhelos, de rosas negras y blancas que flotan como nenúfares sobre el cristal de nuestros ojos, algo más cansados que entonces.
Todo lo que nopudimos soportar en la cercanía –fuese un cuerpo, un sentimiento o una ciudad– restituye su prestigio cuando es la lejanía la que nos une. Unidos por la distancia, la perspectiva destruye los diques de lo cotidiano y es la memoria, salvaje y creadora, la que fluye como un torrente que nos arrastra entre éxtasis y nostalgias. Pero el precio de la perspectiva supone un movimiento constante que nos aleja del estancamiento de los días. Vivir esta trashumancia de la sangre envía más de una noche al corazón desesperadas cartas de llanto. Los reencuentros también ayudan a aliviar este íntimodolor. Pero como en todo destierro es a nosotros mismos a quien reencontramos al final del amigo, del antiguo amor, del padre o del hermano que volvemos a ver, pues “mucho enseña el destierro de nuestra propia tierra” (Luis Cernuda).
Y justamente con Cernuda en el bolsillo atravieso el Támesis de una Londres de piedra y de cristal. Atravieso el Támesis con las nubes negras del poeta que escribiera, “nada suyo guardaba aquella tierra/donde existiera”. Y es que nada puede guardar lo que no se reencuentra y el poeta sabía que ya no volvería a aquel frío país del norte. Los lugares solo prescinden del riesgo de la tristeza cuando se recorren sin el peligro del encuentro, en una banalidad de autopista. Pero cuando se descubre algo o a alguien, en cualquier lugar o momento, ya nuevamente la vida vuelve a ganar en dimensión y todo lo que sigue es un trabajo presente por el futuro incierto. De Picadilly Circus a Greenwich por la espina dorsal de agua atardecida me fluyen peces de sonrisa y de recuerdo. Todo parece propicio para la  nostalgia. Pero es la ebriedad la que perdura y en ella es el festejo de la vida el que salta en el río que atravieso sin pausa. Es hermoso el estar vivos y todavía poder reencontrarse en ese “casi” donde aúnresiste una parte de nosotros a ese asedio incesante de lo que, por otra parte, no ha dejado de cambiar… Mañana, continuamos viaje.

 

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