DE EMPANADAS

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Pocos piropos hay tan hermosos como ese “non te cambiaba nin por un cacho de empanada”. Aunque no llega a la altura de “por mirar para ti metín un zoco na merda” demuestra la importancia que tiene para la idiosincrasia gallega este plato que algún desinformado definió como una especie de pizza con tapa. De ahí que me sorprenda la decisión de la Marea de cargarse el tradicional concurso de empanadas de Santa Margarita y transformarlo en mera exhibición. 
Buceando en las hemerotecas, la primera mención que hallé sobre el certamen como tal data de 1964. Aunque hacía años que se celebraba una competición con todo tipo de platos tradicionales, finalmente se reduciría solo a la empanada. Eran tiempos en los que se juntaban hasta 50.000 personas en el monte –aún no había ascendido a parque– y el alcalde Lavedra, más conocido como Alfonso Molina, presumía de soltería en los periódicos rodeado de bellas coruñesas con más opciones de llevarse a casa el primer premio que al regidor. 
Vaya por delante que respeto cualquier inclinación sexual pero el exhibicionismo de empanadas me parece al mismo tiempo inútil y cruel para el espectador. La primera vez que me tocó cubrir la cita como periodista me sorprendió el gentío que, como en un capítulo de ‘The Walking Dead’, esperaba para hincarle el diente a empanadas que, dicho sea de paso, no eran las que competían, sino otras elaboradas con una producción más industrial y humilde. La Marea argumenta que había que darle una vuelta y hacer la cosa más solidaria, así que cambió los premios en metálico (el ganador se llevaba 700 euros) por dos entradas para la Sinfónica y mandó las empanadas a la Cocina Económica, algo que, si las hordas dejaban algo, ya solía hacerse. Sobra decir que tras las vallas nunca vi precisamente a Amancio Ortega ni a sus vecinos del Skyline del Parrote. La iniciativa no tuvo demasiado éxito y solo dos personas, Fernando y Vitina, unos clásicos de la prueba, presentaron sus creaciones. 
Si el PP se dio de bruces con una explanada, la Marea tampoco se ha lucido con la empanada. Quizás por falta de tiempo, de reflejos o de presupuesto pero cabe esperar que para el próximo agosto se recupere una tradición que no implica machismo, meigas ni maltrato animal. Como ingredientes: más bonito y menos mental. 

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