LA VIDA DE ADÈLE

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Aquí y ahora. Tomándole el pulso a la vida. Dos dedos sobre un cuello suave, de mujer. Dos dedos sobre una vena azul. La vida de Adèle es la película que pedía nuestro tiempo. Como advierte su título, trata de lo más sencillo, de la vida. De cómo una persona se forja y descubre y luego decide quién es realmente.  
Nuestro tiempo pedía Adèle porque algo tan sencillo, tan esencial, se ve amenazado. El recorte de nuestros derechos, los que decidimos, como ciudadanos, que debíamos tener; la creciente precariedad laboral; el retroceso de garantías que dábamos por asumidas. Todo ello le cuelga a la vida. A veces, no tiene más relevancia que un titular leído de pasada. A veces, se convierte en una fuente de dolor, o de alegría, infinita. El acierto de Adèle es que no intenta, como filmes combativos a lo Harvey Milk, convencer a nadie. No reivindica, se limita a mostrar. Adèle y su amante no son mesías. Son personas con sueños modestos, con las complejidades de todos y sin ningún gran destino profético que nos deba tutelar para expandir nuestros horizontes y respetar al prójimo.  Por esta vía de la sencillez, de la vida desnuda, el mensaje cala aún más hondo.
     Porque no parece surgir como un apósito de la ficción, sino que es más bien un sentimiento, un olor, un sabor, un color (azul), que acompaña al espectador tiempo después de que los créditos hayan ascendido. Si necesitamos un film como Adèle aquí y ahora, quiere decir que la senda a la libertad de todos y para todos aún está por desbrozar. Pero que gente de toda edad haya abrazado este film en los cinco continentes, que se haya convertido en símbolo sin recurrir al sobado recurso de replicar la historia de Cristo en otro contexto, quiere decir que estamos, mayoritariamente, en el buen camino. Aunque conviene mirarse los pies.

LA VIDA DE ADÈLE