EL NAUFRAGIO DE UN SUEÑO

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Hoy la Unión Europea es una mezcolanza político-económico-cultural con objetivos cada vez menos claros. No es un estado federal y parece que no aspira a serlo. Sin embargo, los países están perdiendo poco a poco su soberanía nacional.  
Los llamados “federalistas” abogan por una Europa federal. Pero hay otro grupo –muy importante por cierto– menos inclinado a que los estados nacionales pierdan su soberanía, con lo cual, prefieren mantener el statu quo actual. De vez en cuando, tanto en París como en Berlín, se escuchan voces predicando más Europa. Pero lo dicen sólo para cubrir el expediente, pues en esos predicamentos no se atisba un ápice de sinceridad.
Difícilmente los chovinistas franceses estarían dispuestos a integrarse en una Europa federal; ellos quieren la supremacía de la llamada “civilización” francesa, y además extenderla al resto del continente. Digamos una especie de colonialismo napoleónico disfrazado de civilización. Los nacionalistas prusianos son otra cosa. Sus élites nunca han soñado con una Europa integradora –en el sentido francés– sino con una Europa gobernada y dirigida desde Berlín. Y desfilando al paso de la oca.
Y probablemente sea ese el final del sueño europeo, puesto que actualmente a los teutones –quizá sin ellos buscarlo– se les está presentando la gran oportunidad de moldear a su manera el futuro de Europa. Ellos han descubierto que el continente se puede conquistar de otra manera, y no precisamente con las divisiones de la Wehrmacht, como ocurrió en el pasado, sino con otras armas mucho más sutiles y menos comprometedoras. Las económicas. Además, son menos conflictivas y apenas perceptibles a los ojos y oídos de los ciudadanos europeos. Es obvio que con el actual organigrama político europeo, utilizando a Bruselas como brazo ejecutor, los germanos están dictando las políticas a todos los gobiernos de la eurozona.    
Y los políticos europeos lo saben. Pero callan, dedicándose a vendernos ilusiones y miedo al mismo tiempo. Nos machacan con la supuesta “prosperidad” europea. Un mensaje que ha calado muy hondo en la sociedad, pues existe un elevado número de europeos –dependiendo del país– que lo ha interiorizado de tal manera, que piensan que fuera de la Unión nos espera lo peor. Todo ello es aprovechado para demoler los estados nacionales. Lo cual –todo hay que decirlo– no sería un problema grave si hubiera un proyecto federalista a la vista. Pero no lo hay.
Se habla de algunos proyectos integracionistas –en materia fiscal, judicial, policial, etcétera–, pero no se habla de dotar a la UE con un gobierno federal, elegido democráticamente por todos los ciudadanos europeos. Un gobierno para una Europa donde no existan naciones –como en USA–, sino 28 estados federados administrados por gobernadores.
Es obvio que los países pequeños, que son mayoría en la UE, caminan hacia su total extinción. Incluso algunos de los grandes (Italia y España) llegarán a diluirse. Prueba de ello son los burócratas de Bruselas –que nadie los eligió– que están invadiendo cada día más áreas de poder a los gobiernos. Además, existe allí una política para potenciar la Europa de las regiones, que es otra manera de dinamitar los estados-nación. Todo parece obedecer a una estrategia bien calculada, para acabar con la soberanía de los países. Pero sin construir una alternativa federal.
La realidad es que si los políticos europeos no son capaces de construir una federación europea, que es la que haría a todos los países iguales, entonces nos encaminamos irremediablemente hacia un colonialismo político-económico dirigido desde Berlín. No nos engañemos, los señores Draghi y Durâo Barroso, además de la baronesa Catherine Ashton, no representan en absoluto el poder real. Son sólo figuras decorativas para consumo de la parroquia.  
Y ese es el gran dilema –y también el gran problema– que está enfrentando la Unión Europea en su conjunto, pero particularmente la eurozona. No es posible construir una Europa igualitaria, justa y democrática basada en el poder de un solo país. Eso nos conducirá hacia la nada, pero sobre todo, hacia un gran fracaso.

 

EL NAUFRAGIO DE UN SUEÑO