Democracia y educación

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Es evidente que si la democracia consiste en el “autogobierno del pueblo”, cuanto mayor y más elevado sea su grado de desarrollo y nivel educativo y cultural, más valiosa, duradera e importante será la democracia.
La anterior convicción nos confirma la idea de que la democracia sólo es posible en sociedades ricas, cultas y desarrolladas y que, por lo tanto, es incompatible con la pobreza, la ignorancia y el subdesarrollo.
Precisamente, el filósofo y pedagogo norteamericano John Dewey en su obra titulada “Democracia y Educación” aborda la relación directa de ambos conceptos, exponiendo que, “educar para la democracia se refiere al desarrollo de las capacidades y habilidades para una convivencia social, fundada en los valores.” Y, al referirse a estos valores, destaca la libertad personal, los derechos individuales, la pasión por la democracia y el valor de la educación.
Para el autor antes citado, “vivir es sinónimo de educar”. Sitúa a la educación, como bien público y derecho humano, en la base y fundamento de la democracia, asignándole, como fin que “dote a todos del mismo protagonismo y oportunidades en la sociedad”. Para el filósofo y escritor, Fernando Savater, la educación es el “arma de defensa de la democracia”.
En Grecia nació la democracia pero fue en Atenas y no en Esparta, pues fueron los atenienses los cultivadores y artífices del sistema democrático y no los espartanos que se caracterizaron por estar “siempre listos para combatir”. Como se sabe, el arma de la democracia es la palabra, por eso se llama “Parlamento” a la asamblea donde el pueblo, a través de sus representantes, ejerce la titularidad de su soberanía.
El binomio democracia y educación no se resuelve con el sucedáneo del llamado “despotismo ilustrado”, como forma de gobierno autoritario, practicado por distintos reyes en la segunda mitad del siglo XVIII pretendiendo corregir la Monarquía Absoluta del Antiguo Régimen en Europa con propuestas de la Ilustración o decisiones guiadas por la razón, según el movimiento de dicho siglo, también llamado “Siglo de las luces”.
Si al pueblo se le reconoce voz y voto, la titularidad de su ejercicio debe corresponderle de forma directa o mediante representantes que libremente elija y no a través de instancias intermedias que, bajo el pretexto de “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, dejan a éste inerme frente a los abusos del poder.
La democracia es una forma de organización del Estado en la cual las decisiones colectivas son adoptadas por el pueblo, mediante mecanismos de participación directa o indirecta que confieren legitimidad a sus representantes. Su principio fundamental se apoya en la ley de la mayoría que se considera la voluntad de la colectividad, expresada aunque sea por la mayoría de un solo voto, que es tan sagrada como si fuese unánime.
La responsabilidad del voto reside en que “no se vota para decidir” sino para “elegir quién debe decidir”. Esto sólo se consigue con una población culta y bien informada. 

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