Los partidos, partidos

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Tanto tiempo de tensión política tenía que acabar en el enorme lío que vive el Partido Socialista. Sin entrar en las razones de sus diferentes corrientes internas (opiniones distintas siempre habrá en cualquier organización y además son necesarias) quiero aportar alguna reflexión que pueda ayudar a entender un poco más lo que sucede. 
Es evidente que yo no pertenezco a la nueva profesión de analista político, y, por tanto, mi opinión es exclusivamente como sufridor de decisiones políticas. 
Parto de la base de que el Partido Socialista  es el que más tiempo nos ha gobernado en los últimos 40 años, por lo que ya es patrimonio social y sus crisis nos afectan a todos los ciudadanos; sus dirigentes son referentes sociales, son modelo de comportamiento y, por tanto, es muy importante su ejemplo, circunstancia que no siempre tienen en cuenta. 
La crisis del PSOE no nació ahora, la vive desde hace algún tiempo, probablemente desde la mitad de la primera legislatura del Presidente Zapatero, y  por ciertas similitudes, es previsible que le ocurra lo mismo al otro partido mayoritario en el momento que deje de gobernar. 
Cuando hay pérdida de poder, la crisis aflora y surgen los reproches. 
Acostumbrados a tener asegurada la alternancia, ambos partidos mayoritarios perdieron su esencia; sus principios fundacionales no es que hayan evolucionado, es que los han abandonado por conservar el poder y cuando alguien, sea quien sea,  renuncia o desvirtúa sus valores en función de cómo amanece el día, vende sus creencias; sí olvidamos la esencia, nos convertimos en oportunistas y perdemos la confianza de los demás, y es cuando, en las organizaciones sociales principalmente, surgen las dudas, se desmoronan las bases fundamentales y la organización muere. 
Ambos partidos, que son absolutamente necesarios, han traicionado sus principios adaptándose a intereses puntuales, casi siempre corporativos. 
Ahora el PSOE, y el PP sí quiere evitar una crisis similar, han de replantearse sus principios ideológicos y ser claros y coherentes a su fin. Nada peor que querer ser todo, al final se es “nada”.

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