POCA COSA

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Son sólo 16.000 hectáreas de monte quemadas en lo que va de verano en Galicia, dicen, frente a las 30.000 habituales. Son datos oficiales que pretenden, más que acallar voces o alabar el trabajo de los operativos contra incendios, sobre todo ensalzar la eficacia de las administraciones. A las estadísticas corresponde que poco importe que de esa superficie calcinada una parte hayan sido zonas de altísimo valor ecológico. Allá se fueron O Pindo o A Fonsagrada. Pero no hay año en el que las llamas se lleven por delante un área emblemática. Llevamos años escuchando de todo sobre el particular. Sus causas, sus autores y motivaciones. Razones sociales, económicas, antropológicas... Un periódico de hace dos o tres décadas daría los mismos titulares que el de ayer mismo. Y, entre si son galgos o son podencos, así seguimos. Encomendándonos al dios de la lluvia.
Los gallegos somos peculiares. Ponemos el grito en el cielo por un ferrado quemado, pero nos encogemos de hombros con las toneladas de cemento que entierran miles de hectáreas de campos y zonas arboladas para convertirlas en polígonos industriales y que tantos valedores tuvieron. Tampoco parece que nos conmueva ver nuestra tierra, sobre todo la costa, cubierta de más cemento, ladrillo y demenciales proyectos que perecen haber sido diseñados por gentes aficionadas experimentar con los cañamones. De momento, que se sepa, una tierra calcinada a la vuelta de un año, si no llueve demasiado para arrastrar el suelo, reverdece. Lo otro, no. Los destrozos causados por el suelo industrial y el furor inmobiliario sólo lo solucionaría un cataclismo de proporciones apocalípticas. Tabula rasa.
Pero no nos angustiemos. Los gallegos acostumbramos a sacar provecho de las dificultades. Si los estadounidenses se forraron con el cine de catástrofes, nosotros podemos hacer lo mismo con el turismo de desastres. Había que ver los rostros de sorpresa y satisfacción de los lugareños al comprobar cómo tras el incendio de las fragas do Eume, cientos de visitantes acudían a ver el paisaje tras la devastación. Lo mismo que tras el “Prestige”. Hordas de excursionistas para un radical atractivo. El morbo atrae. Debe de ser eso. Y la tele. ¿Que una empresa hidroeléctrica nos chulea y se carga la única catarata de Europa que cae al mar? Pues la convertimos en una ducha. Se abre y cierra a voluntad. Domingos de 12.00 a 13.30. Niños gratis. Y ya está, nunca tantos visitantes tuvo tan peculiar salto de agua, que ha pasado a ser también el primer accidente geográfico inaugurado oficialmente. Discursos, cura, hisopo y banda de música.
Entretanto, los incendios siguen. Y seguirán. La batalla es puramente dialéctica. Política, administrativa y judicial. Un engranaje premioso, confuso, contradictorio e inoperante. Así se continuará ad aeternum. Si galgos, si podencos. Sería más fácil descubrir quién fue Jack el Destripador. ¿Así que sólo 16.000 hectáreas? Qué alivio. Carbonizado todo, es mejor encomendarse al dios de la lluvia. Esta vez para que no llueva. (Por cierto, creo que eran podencos).

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