PITADAS

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Hay días en los que una se deja los miramientos entre las sábanas y le da por pensar que ya está harta de sensibilizarse con los conflictos ajenos y de ser políticamente correcta con otros a los que les importa muy poco lo que a ti te ofende.

En esos días lees, por ejemplo, sobre el temor de la presidenta de la Comunidad de Madrid a una pitada al himno y al príncipe durante la final de la Copa del Rey por parte de las aficiones del Barcelona y el Athletic de Bilbao. Y casi estás de acuerdo con su idea de aplazar el partido. Incluso verías lógico anular la participación de los dos equipos en una competición de un país que no reconocen como propio. Porque te has levantado guerrera.

Uno no critica el barrio, se burla de la decoración ni se queja de la cena cuando va de invitado a una casa. Si lo hace, es un maleducado que no sabe vivir en sociedad

No te apetece ser empática, solidarizarte con la causa de los que se sienten extranjeros, ni callar cuando se apela a la libertad de expresión para justificar los insultos. Resulta que eres de las que cree que no hay discurso que valga la pena si no se hace desde la educación. Y te revuelve las tripas la idea de que los zafios se hagan con el poder y conviertan en batalla lo que debería ser una fiesta. No hay mejor desprecio que no hacer aprecio, te dices, pero estás cansada de hacerte la tonta. Hoy no.

Te avergüenzas de los que planean tan burda protesta. Sus pretensiones son tan legítimas como las de cualquiera, son sus formas lo que te molesta. Emponzoñar el deporte con reclamaciones políticas ya es un error, pero hacer de esas reclamaciones un catálogo de injurias merece total reprobación. No quieres ser español, pelea por ello en los foros adecuados. No te sientes representado por una bandera y un himno, compórtate ante ellos como ante los símbolos de cualquier otro país del mundo. No quieres ver a un miembro de la Casa Real entregarle un trofeo al capitán de tu equipo, no tomes parte en el torneo. Así de fácil.

Uno no critica el barrio, se burla de la decoración ni se queja de la cena cuando va de invitado a una casa. Si lo hace, es un maleducado que no sabe ni merece vivir en sociedad. Hace tiempo que se confunde sinceridad con grosería. Disculpar al que insulta en aras del buenrollismo y la comprensión somos modernos que defendemos toda forma de expresión– es agravar el problema. Dar carta blanca a la barbaridad. Hasta que la escalada de afrentas nos haga tomar posiciones tan enfrentadas que ya no haya vuelta atrás.

Todo apunta a que en un par de días junto a la crónica del encuentro habrá un espacio dedicado a los que no saben comportarse. Quizá una foto. Algunos verán una reivindicación. Yo sentiré rechazo. Y me pesará que, una vez más, tengamos que poner la otra mejilla para que nos la partan.

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