¿Qué pasa con el centro político en España? (I)

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Cuando se trata de la configuración o conformación de los espacios políticos, suele decirse que las posiciones políticas son tres. A saber, derecha, izquierda y centro. Derecha e izquierda, más o menos, se pueden caracterizar con cierta precisión, aunque hoy en día probablemente habría que revisar muchas de sus tradicionales posiciones. Sin embargo, cuándo se trata del espacio del centro, lo más habitual es que se afirme que es un espacio vacuo, vacío, indefinido, que lo representarán en cada momento quienes enarbolen la bandera del relativismo, la indiferencia, la falta de compromiso o la ausencia de convicciones firmes. O más bien, los oportunistas, aquellos que siempre están con el sol que más calienta o a favor de viento.

El resultado del 10-N parecería confirmar estas consideraciones pues tal espacio político pareciera haber quedado prácticamente huérfano pues la bipolarización ha crecido a un lado y al otro. Algo de eso me parece que hay, aunque también es cierto que en el seno de los dos partidos todavía mayoritarios existen electores moderados que se pueden considerar, por usar un estereotipo que no muy real, aunque si gráfico, del centro izquierda y del centro derecha.

Ahora bien, lo que sí parece bastante claro es que el centro político como espacio de moderación no está en este momento instalado en la forma en que se está conduciendo la política española. Por eso, de nuevo es menester recordar que el centro es un espacio que tiene caracterización propia, que tiene significado sustantivo y que no es fundamentalmente el punto equidistante entre izquierda y derecha. Tampoco es, según me parece, la indefinición o la absoluta relatividad. Más bien, se caracteriza por la mentalidad abierta, la capacidad de entendimiento, la sensibilidad social, la racionalidad, el realismo y, sobre todo, por el compromiso con los derechos humanos de todos, especialmente de los más débiles y de los que tienen menos o ninguna posibilidad de salir adelante por si mismos.

La mentalidad abierta es lo contrario al prejuicio, al esteriotipo, al cliché, tan frecuente por estos pagos y en estos momentos en los que los agitadores del odio y el resentimiento campas a sus anchas. De todos y de todo se puede aprender. También de los adversarios, quienes claro que pueden acertar y cuando ello ocurre debe reconocerse. La mente abierta es propia de personas que se distancian de los hábitos autoritarios, de personas que intentan liberarse de la tentación personalista en el ejercicio del poder y confeccionan políticas pensando en la realidad, en las personas que en ella viven.

La realidad es plural, dinámica, no se puede blindar al servicio de los propios objetivos. La realidad tiene muchas dimensiones, muchos aspectos que hay que considerar para la toma de decisiones. Por otra parte, la mente abierta facilita que la contemplación de los problemas reales de orden colectivo que afectan a los ciudadanos, conduzcan a la búsqueda de soluciones eficaces y plenamente humanas. 

¿Qué pasa con el centro político en España? (I)