HIPOCRESÍA Y CINISMO

|

Hace algunas semanas una joven noruega, de 24 años, fue violada en Dubai. Lo terrible de esta historia es que cuando ella fue a denunciar el caso, los policías del emirato, en lugar de protegerla y perseguir al presunto violador, procedieron inmediatamente a su arresto  acusándola de haber tenido sexo fuera del matrimonio –ella era casada. Días después, un tribunal la condenó a 16 meses de cárcel. Finalmente –y después de mucha presión ejercida por el gobierno noruego– fue dejada en libertad.
Dubai es uno de los siete estados que conforman los Emiratos Árabes Unidos. Ese pequeño emirato está gobernado por la dinastía de los Al Maktoum. Y desde 1776, debido al negocio de las rutas comerciales, estuvo protegido por los ingleses. Su democracia deja mucho que desear, empezando por la explotación sistemática de la mano de obra inmigrante.
En materia de derechos básicos se ha llegado a tal punto, que incluso la organización de derechos humanos, Human Rights Watch, está  preocupada por lo que allí está ocurriendo. Aunque existe un parlamento, la realidad no tiene nada que ver con ese órgano.
Es cierto que su régimen político no es tan dictatorial como el de Arabia Saudita, donde  hace más de ochenta años que existe una teocracia (monarquía absolutista), pero sus leyes son realmente una quimera. Sucede como en Kuwait, que aunque en teoría es una monarquía constitucional, en la práctica no es tal cosa. Los hechos demuestran que esos estados son un grupo de dictaduras encubiertas.
En realidad, todas esas monarquías se parecen entre sí, siendo algunas   más flexibles que otras. Pero nada más. Son gobernadas por príncipes, sultanes, emires o jeques; unas son absolutistas y otras se disfrazan de constitucionales.
En el fondo es todo un montaje, puesto que sus instituciones son antidemocráticas. Pero claro, los gobiernos occidentales  –en su infinito cinismo–  apenas las critican (¡los negocios son los negocios!).
El petróleo –sobre todo cuando corre a favor de Occidente– lo oscurece casi todo. Lo único que resaltan los medios europeos es la glamorosa y excitante vida que llevan los príncipes que gobiernan en esos emiratos; o las pensiones que reciben los nativos, casi todo ellos emparentados entre sí.
Sus príncipes –un buen amigo les llamaba camelleros– reparten entre sus súbditos algo de la tarta. Y debido a eso, los hijos o hijas de extranjeros, aunque nazcan en uno de esos emiratos, jamás les concederán la ciudadanía.
En Dubai para poder acceder a la nacionalidad, el padre tiene que haber nacido en uno de los EAU, además de hablar árabe y practicar la religión musulmana. Obviamente, los nacionales gozan de unos privilegios que no existen en ningún otro lugar del mundo. Tienen los estudios universitarios pagados, incluso hasta el nivel de doctorado. Por otro lado, tienen derecho a desempeñar puestos en la Administración pública y a retirarse con sólo 15 años de servicios prestados.
También a percibir un salario extra después de la jubilación. ¡Casi nada!  
Pero en esos “paraísos” terrenales se practica la trata de blancas, la esclavitud infantil y la explotación laboral.
La violación sexual es legal, incluso denunciarla es un delito –como le sucedió a la ciudadana noruega. Las huelgas están prohibidas y también las manifestaciones públicas.
Tampoco existen partidos ni sindicatos. Es decir, no existe una democracia genuina, ni siquiera algo parecido. Pero en la Unión Europea callan. Es un silencio cómplice y canallesco. Incluso obsceno.
Los gobiernos europeos miran para otro lado ante tantos abusos, atropellos y violaciones a la dignidad humana. Y los medios continentales pasan de puntillas sobre estos escabrosos asuntos.
Por encima de todo priman los grandes negocios. ¡Poderoso caballero don dinero!, como diría Quevedo. Cuando la Unión Europea exhorta o exige a otros países respeto a los derechos humanos, no es que suene a hipocresía, ¡es hipocresía! Semejante exigencia no puede ser selectiva, puesto que debería usarse la misma vara de medir para todo mundo. No se puede tener dos diferentes, una para los países que convienen y otra para el resto.

 

HIPOCRESÍA Y CINISMO