DÍA DEL PATRÓN

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Algunos nos reunimos el 24 de enero en torno a platos humeantes y botellas de vino. Sonrisas y abrazos que más que un saludo a un compañero, amigo en algún caso, son la expresión de un pequeño triunfo. Seguimos aquí un año más. Resistimos.

Mientras continuamos maravillándonos por ese milagro que es dar a luz un periódico cada día o llegar a tiempo al informativo nos preguntamos hasta cuándo podremos seguir haciéndolo. En qué momento dejará de crujir el papel en manos de los lectores, seremos sustituidos por seres creados por ordenador o lo que llamamos información se habrá reducido a mensajes de ciento cuarenta caracteres sin autor conocido.

Nos negamos a abandonar, aunque no sepamos qué hacer para recuperar la dignidad que nos están arrebatando

 

El cuarto poder no está en manos de quien se deja la piel, la juventud y la ilusión en las trincheras que son las redacciones. Se negocia en conversaciones en las que se habla de patrocinios y publicidad. La verdad al servicio del dinero. Pervertida la profesión con ruedas de prensa sin preguntas y comunicados de propaganda que se pretenden hacer pasar por noticias, estamos en camino de convertirnos en meros transcriptores. Manos en un teclado y voces ante un micrófono. Sin voluntad ni reconocimiento. Fichas intercambiables que solo valen lo que aguanten sin desfallecer.

De gloriosas épocas pasadas solo mantenemos el amor a este trabajo. Esa vocación –irracional, como todas– que nos impulsa a superar jornadas maratonianas y volver con ganas de más. Sacrificando tiempo y planes. Haciendo malabarismos con sueldos tantas veces humillantes. Orgullo de plumillas al que tenemos que recurrir cuando nos menosprecian, cada vez con más frecuencia. Por el que cumplimos con nuestra labor lo mejor que sabemos, aunque nuestro alrededor se esté desmoronando.

Nos encendemos cuando nos equiparan a vividores que se llaman periodistas por contar indiscreciones y hacerse preguntas insolentes entre sí. Nos retorcemos de pura rabia cuando argumentan con absoluta indiferencia que cualquiera puede hacer nuestro trabajo. Gritamos por dentro cuando nos acusan de ser un gremio de aprovechados. Nos consternamos cuando dudan de nuestra veracidad. Pasamos de la indignación a la pesadumbre cuando nos proponen que trabajemos gratis. Sentimos una punzada con cada medio de comunicación que cierra.

Nos negamos a abandonar, aunque no sepamos qué hacer para recuperar la dignidad que nos están arrebatando.

Y una vez al año nos reunimos. Preferimos las anécdotas a los lamentos. Arropados por un sentimiento común. Mantenemos esa visión romántica del periodismo que nos hizo engancharnos a la profesión. Celebramos que tenemos el mejor oficio del mundo.

 

DÍA DEL PATRÓN