El frenopático

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Hace pocos días, me interesaba yo por algunos libros de la obra de Santayana, el filósofo español nacido en Madrid, a mediados del siglo XIX, y crecido intelectualmente en EEUU.  “El sentido de la belleza”, una primera obra de juventud, interesantísima, y “Dominaciones y Potestades”, en cronología opuesta, sus consideraciones reflexivas más preclaras después de una vida intelectiva fecunda y decorosa, eran los títulos que movían mi interés mayor. Y bien, la desoladora conclusión fue que, entre todas las librerías de España, sólo había en disposición tres ejemplares, tres, naturalmente en geografías, por otra parte, distintas y distantes, de “El sentido de la belleza”, y en cuanto a “Dominaciones y Potestades”, no había noticia, pero ninguna, ni de un solo ejemplar. Me parece de contar todo esto porque, con España enzorrada por unos listos de pacotilla, en almoneda la nación toda con la política de trileros, tahúres y truhanes, al fin todos delincuentes, en algún grado, ya por acción u omisión, precisamente las cárceles, esas “vacaciones pagadas a cuenta del Estado”, como despachos y oficinas para apañar acuerdos políticos entre pendejos, al final, el problema básico que tenemos servido no es sino la consecuencia atroz de unas generaciones últimas educadas en el hampa de toda desvergüenza, con planes de estudios degradados por la insolvencia de sus propios patrocinadores, con sujetos que atienden al nombre académico de profesores universitarios, nada se diga si además se agrega que de ciencia política, todo un agravio al explícito e implícito saber humanístico en que se entendería arraigada su condición docente. Naturalmente, cómo no, Deo gratias, con todas las cumplidas excepciones que comportan brillantes estudiantes, a pesar del sistema, y profesores rigurosos y ejemplares en su cotidiano quehacer pedagógico, todos ellos, si cabe, por esto mismo, más dignos y enteros, al fin, resultado tal vez residual pero resistente del mejor cuerpo social, del más aseado y saludable, ética y culturalmente. Y por supuesto, todavía, el amparo de la familia, en su corpus de educación y referencias culturales.  A ver si no cómo se le dice a todo este personal, moralmente insurrecto y adiestrado en la agitación social, por ejemplo, que lo que viene ocurriendo en Cataluña, esa fiesta de fuego y barricada, incluyendo los propios sucesos alrededor del partido de fútbol último, Barcelona-Real Madrid, no es libertad de expresión, ni de manifestación, ni tiene connotación política de ningún orden, y si la tiene, peor para los agitadores, la nación, mejor decir, la Nación, tiene que defenderse con todo rigor, con toda determinación, con toda contundencia, de modo tan implacable y definitivo, que se acabe la broma de tanta farsa, de tanto cuento, de tanta historia mendaz, cada vez más peligrosa y delirante.  Alguien decente, si lo hay, tendría que decirle a la policía que ya es hora de reprender y, seguidamente, en su caso, de reprimir, que para eso está, con todas las consecuencias, y no de ordenar contención y prudencia, ese limbo difuso y confuso de la proporcionalidad, en el que se pierde y disuelve toda intención de ejercicio eficaz contra quien te acorrala, te envuelve, te rodea, te agrede, te humilla, te degrada, se acoge al instinto de pillaje, y por extensión consecuente, por los suelos al completo toda la nación de ciudadanos en larga metáfora, con sus derechos pisoteados a cuenta de vándalos de la delincuencia y la agitación, sirviendo a protocolos muy profesionales y, de facto, conniventes en tantas cosas con la disoluta acción política de cada día. Es el cinismo amoral que se entretiene, antes, en cuestiones otras más enfáticas y selectivas, verbigracia, el cambio climático, ese arcano de equívocos con discurso unívoco, eso sí, anzuelo donde los haya para gobernar incautos, propicios en su orfandad cultural y, naturalmente, con muy escasas posibilidades reflexivas, críticas, apenas sólo carne de cañón para la radicalidad ideológica militante, esa ganga triste y violenta.

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