Regalar o no regalar, he ahí la cuestión

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El otro día me hicieron un regalo que me encantó. Me tocaba mucho a nivel personal y estoy yo con él más feliz que unas pascuas. No entraré en más detalles sobre qué era porque así les dejo con la intriga y además nos puede servir para echar otra columna cualquier día de estos. Pero eso me hizo ponerme a recapacitar sobre lo chungo que está el tema de regalar pero sobre todo el de ser regalado. Vale, sí, romperse la cabeza para entregar algo bueno a tu prima segunda, tu amigo o tu madre (ojo la fecha que se avecina, ¿eh? No digan luego que no los aviso) es complicado porque a veces la persona es “repunantiña” o ya has tirado de muchas ideas en los últimos años y al final comprar algo decente se vuelve tarea titánica como poco. Ya en regalos a parejas ni hablemos porque eso es harina de otro costal... a veces al abrir el papel que lo envuelve se masca la tragedia, o mejor dicho, la ruptura. Pero ojo que no menos inquietante es ser el receptor del presente en cuestión porque si aciertan pues miel sobre hojuelas, pero como no atinen... ay, queridos, si no atinan. Primero la decepción que te llevas y segundo cómo vas a solventar la situación sin herir a quien deposita entre tus manos la ilusión de darte algo con lo que a lo mejor se ha partido los cuernos por encontrar. O no, que hay mucho dejado por ahí suelto. La verdad ante todo.

Yo he pasado, como todos supongo, por el trance de molarme mogollón lo que me entregan pero también de quedarme petrificada y helada hasta el último poro de mi piel ante el horror del regalo. 

Entiendo que esto va por gustos, pero para todo hay límites. A mi por ejemplo me horripilan los peluches y cada vez que veo a gente que lleva en su coche un osito rojo con un corazón entre sus peludos brazos bajo la sentencia “te quiero” se me acelera el corazón pero para mal. Infarto inminente. Todo mi respeto hacia quienes disfruten de un animal mullidito al que abrazarse en días de lágrimas, pero a mi eso no me va. 

Tampoco me gustan las figuritas incomprensibles, sobre todo si éstas son de cristal, porque en la mayor parte de los casos rozan el mal gusto. Una vez me plantaron en la cara una rosa acristalada en tonos azules con dos piñones –o vaya usted a saber qué eran– formando un corazón, o similar, y casi dejo al muchacho en cuestión. ¿Y qué haces tú en ese momento? La sonrisa petrificada, los ojos tratando de no salirse de las órbitas, el pulso acelerado y un incipiente humo comenzando a salir por las orejas. Ira, señores, ira. Ira de que te conozcan tan poco y de que parezca que ves menos que un gato de escayola porque tanta fealdad junta no se puede aguantar. 

¿Qué sentido tiene regalar algo que sabes –o deberías saber– de antemano que no encaja con el destinatario? Es como si a un ciego le regalas un libro impreso o como si a tu yaya de 98 años le das el último smartphone o a un votante de Pacma le pones entre las manos la biografía de Padilla. Pero así es la vida... en ocasiones se acierta y en ocasiones, tampoco. Nota de humor, perdónenme. No siempre podemos vencer. Mientras tanto, cuando traten de halagar al otro, piensen primero un poquito en lo que le gusta y ya luego... que el Altísimo reparta suerte. 

Regalar o no regalar, he ahí la cuestión