La guerra que viene

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podríamos hablar de la guerra que ya soportamos casi a diario. Una fuerte corriente de opinión, incluyendo políticos, periodistas, escritores y un largo etcétera, insiste, a pesar de las apariencias de bienestar, que Europa y el mundo occidental en general, se enfrentan actualmente a un nuevo y distinto conflicto armado.
No solo el terrorismo, sembrando la muerte física –París, Londres, Barcelona, etc.–  es en estos momentos una amenaza real a nuestro sistema de vida; las minorías nacionalistas con ansias separatistas también contribuyen con otra clase de agresión a nuestra convivencia.
El viejo continente fue escenario, durante la primera parte del siglo pasado, de incruentas y convencionales guerras, incluyendo las domesticas como la nuestra, que costaron millones de víctimas, muchas de ellas civiles.
Afortunadamente, una vez superadas, en la siguiente etapa de ese siglo se consiguió, con grandes esfuerzos de una mayoría, una extraordinaria recuperación, no solo material, también de valores y civilización que desembocaron en la región de mayor respeto a los derechos humanos, tolerancia y bienestar; admirada y anhelada por todo el Planeta.
Ahora esta prosperidad y convivencia es golpeada con nuevos métodos atentando contra una sociedad desprotegida y aturdida por acontecimientos que sus propios dirigentes no logran frenar.
Expresar  duelo y condolencias a las víctimas y familiares de actos terroristas es de ineludible humanidad, pero no suficiente. Buscar soluciones a una de las amenazas más serias en estos momentos es, también, obligación ineludible de los responsables políticos y toda solución viene siempre del conocimiento y análisis de la raíz del `problema para poder establecer las medidas adecuadas.
Una reflexión basada en la historia y el comportamiento de las sociedades  nos puede dar luz sobre la intolerancia, xenofobia o violencia que siempre se encuentra en grupos, no numerosos en un principio, basados en posiciones extremas de cualquier tipo o ideología que acaban imponiéndose a la mayoría pacífica. 
Cualquier clase de posición extrema, donde solo se admite un pensamiento y se predica la agresión contra el resto de ideas, tanto de izquierdas como derechas, golpistas militares o civiles, nacionalismos, religiones o sectas son el comienzo de la ruptura de la convivencia.
Amparándose siempre en una precaria situación económica, real o inventada, se alimenta y gestiona el inconformismo y la desesperación de la masa social, tergiversando la historia y manipulando medios de comunicación y enseñanza, fomentando el odio y discriminación, principalmente, en las generaciones más jóvenes, labor en algunos casos de décadas y corta en el tiempo en otros.
La propaganda nazi se gestó y triunfó en una situación económica asfixiante para la sociedad alemana debido a las excesivas sanciones impuestas por los aliados tras el fin de la Primera Guerra Mundial. 
La posibilidad de manipular la enseñanza, sobre todo de los  jóvenes, es el principio sagrado de las minorías extremistas. 
El fanatismo es opuesto a la tolerancia, el fanatismo provoca violencia y crispación, la tolerancia consenso, respeto a todas las ideas, pero todo tienen un límite. 
La mejor herramienta que tiene el hombre para la convivencia es La Democracia. Mal usada con una tolerancia sin límites la lleva al buenismo y en esto es en lo que no deben caer aquellos que han asumido por mandato del pueblo la responsabilidad de gobernar y legislar. 
La Democracia mal entendida es aquella en que las minorías fanáticas reinterpretan las normas, leyes o religión para imponer sus criterios a la mayoría tolerante.
Concentraciones de duelo y respeto a las víctimas, de repulsa a la violencia y al  terrorismo, donde se sufren agresiones por el hecho de llevar una bandera que no es la de ellos; ataques verbales contra empresas por dar trabajo en el tercer mundo que se convierten en alabanzas para los mismos atacantes cuando ellos consumen esos productos son claras y recientes muestras de la intolerancia de unos pocos.
Al ciudadano común, no se le pueden pedir soluciones, su aportación es el trabajo -si le dejan- y respetar las normas, es decir la Ley, aunque tenga que asistir a actuaciones de políticos “iluminados” simplemente bochornosas. 
Conocer la raíz de problema, es el principio, sienta las bases, para resolverlo. La fórmula y el método lo deben estudiar y aplicar los políticos que gobiernan y legislan, que por cierto en España son numerosos y bien pagados.
  
 

La guerra que viene