LA CADERA Y EL TACATACA

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Una operación de cadera ha vuelto a instalar en el debate a la sociedad, que se pregunta por enésima vez si el rey debe seguir disfrutando de privilegios. Pues claro, por qué no. Por la gracia de Dios. Lo contrario se antoja un oxímoron. Aunque no es menos cierto que ya hay contradictio in terminis en la majestad de su majestad y su campechanía, como también en esta presunta democrática monarquía instaurada por un dictador. Menudo potaje. Está claro que en la confusión hay beneficio.
No sé qué problema hay en que este hombre se opere donde le venga en gana. En qué le iba a cambiar la cosa al común de los mortales. En realidad, salvo a tiralevitas, comadres, monárquicos y a aquellos cuyo contrato laboral les exija adular (vamos, que les vaya el sueldo en ello) al resto nos la debería traer floja. Así vaya a una hospital privado, a uno público o a talleres Fernández e hijos, donde lo recauchuten de arriba abajo. Si tiene cuartos, que los gaste cómo y en donde quiera. Eso de repararse en la sanidad pública quede para plebeyos, que para dar ejemplo ya están los misioneros. Y los famosos que se van a África a fotografiarse con negritos bruñidos y acicaladitos para la ocasión.
Pero la disputa no es esa, a lo sumo una introducción, pues como todo el mundo sabe, cualquier dolencia de cadera lleva indefectiblemente al tacataca, y éste a la controversia sobre abdicación, regencia o sucesión, antigua trifulca en materia real. Y en esas seguimos. Y como en el caso antedicho, al pueblo se la debería reflaflinflar. Pero no, porque además en la pelotera se cuelan aquellos a los que la propia idea de la monarquía les produce ardor de estómago, algo que sumado al proceder del rey y de su familia les causa además tal telele que acaban viendo el futuro del monarca asociado a la soga o a la cuchilla (qué brutos). Es más civilizado el exilio, aunque seguirían viviendo como pachás. Y no sería más que el chocolate del loro. Si sirviese para algo... Porque a rey muerto, rey puesto, y no necesariamente de sangre real. Si la marcha del que ahora ocupa el trono supusiese que tras él se han de ir sus aspirantes, los corruptos, los que se aprovechan de la política para medrar, los que ocupan cargos y consejos merced a sus pasadas artimañas en el poder o a su sombra, si todas esas ratas se fuesen, vale. Pero eso nunca va a suceder.
No. Es necesario que el rey continúe haciendo –él o los suyos– lo que le venga en gana. Que se dediquen a la buena vida, a sus negocios, viajes, cacerías y regatas; que asomen de vez en cuando la gaita para saludar y ser aclamados por el populacho; que acudan a los más peregrinos actos, recepciones, visitas e inauguraciones; que salgan a la calle con sus súbditos a besuquear niños, y que se aflijan y lloren sus tragedias con sobrio histrionismo. Son útiles para ver hacernos ver la realidad, como el siervo que susurraba al oído del general romano victorioso: “Memento mori”. Este rey debe estar para recordarnos, a los usufructuarios de esta peculiar democracia, lo que hay y lo que somos: unos pobres infelices.

LA CADERA Y EL TACATACA