LA HORA DE VOTAR

|

Cada vez nos jugamos más los ciudadanos en las elecciones al Parlamento Europeo que cada cinco años nos citan ante las urnas. Y si todas las convocatorias son importantes, esta que hoy tiene lugar en nuestro país y en otros del viejo continente destaca especialmente por dos circunstancias. Una, por el momento en que se celebra. Y otra, por la creciente influencia que la cámara de Estrasburgo ejerce y va a ejercer sobre nuestro día a día.
En consecuencia, no se entiende mucho la miopía del Partido Socialista al pretender hacer las elecciones de hoy en clave nacional, convirtiéndolas en un examen de mitad de legislatura  y agitando casi hasta ad nauseam banderas electoralistas falsas y facilonas. Pero, en fin, esto es lo que algunos dan de sí incluso en las grandes encrucijadas.
Como se sabe, el Parlamento que estos días estamos eligiendo cuatrocientos millones de ciudadanos europeos será el que mayores competencias tenga de su historia. El más poderoso de la historia de la Unión Europea y el más poderoso de Europa. Desempeñará, además, un papel significativo en la elección del próximo presidente de la Comisión europea; es decir, del órgano ejecutivo comunitario por donde van a pasar –se calcula- en torno al 80 por ciento de las grandes cuestiones que hoy afectan a nuestras vidas y haciendas.
Europa, por otra parte, se encuentra en un momento clave. Ha logrado salvar el barco de la galerna de  una crisis económica sin precedentes. Ha logrado aportar credibilidad y seguridad a la zona euro.  Ha establecido un embrión de unión bancaria para que no sean los contribuyentes quienes paguen las crisis de las entidades financieras. Ha creado medidas de supervisión de los presupuestos nacionales que eviten disparatados desequilibrios de ingresos y gastos. Y está en juego la implementación del enorme presupuesto 2014-2020 comunitario. El peor momento parece haber pasado. Pero falta mucho por hacer. Es  el tiempo de la consolidación. Tiempo para profundizar en la integración económica y avanzar en la integración política y social. Tiempo para seguir construyendo una Europa que desde los tiempos fundacionales ha avanzado renqueante, alternando épocas de fervor institucional con fases de postración como la actual.
Europa necesita seguir adelante con su proceso de unificación para ser fuerte. Y deberá ser fuerte para no desaparecer del plano geopolítico.
El viejo continente se enfrenta a la necesidad de generar una razón de ser adaptada al mundo que alumbra el siglo XXI. Un centro de gravedad que vaya más allá de la prosperidad inmediata para alcanzar un futuro de influencia en un mundo cada vez más competitivo en el que incluso las pronósticos más optimistas auguran que los europeos, salvo unidos, desapareceremos de la cabecera de los grandes actores globales.

LA HORA DE VOTAR