Entrar sin llamar

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El conflicto se veía venir desde hacía tiempo; era inevitable. Hablamos de las empresas de alquiler de vehículos con conductor (VTC) como Uber, Cabify y otras.
Los procedimientos de estas empresas –aunque en este caso sean tolerados– nos recuerdan un poco a los taxistas piratas de la España de los años 60. Aquellos que usando su coche particular competían con los taxistas oficiales que habían comprado una plaza y pagado sus impuestos.
La diferencia estriba en que los de ahora son el producto de un modelo de globalización sin control, caótico, salvaje. Por tanto, de unas transnacionales del taxi digitalizadas que ni siquiera se molestan en llamar a la puerta para entrar, sino que la “derriban” usando el poder de la tecnología y la tolerancia de los políticos.  Los que apoyan estas maneras dirán que prohibirlas es ir contra el espíritu de la libre empresa. Omiten que sin reglas no puede existir libre empresa, al menos de una manera medianamente decente; lo único que se consigue –como ya sucede– es que rija la ley del Kalahari. 
A través de los medios vendieron la idea de que trabajar como taxista Uber era una manera fácil de llevarse a casa un salario; una salida –una más– para muchas personas que tienen trabajos precarios o están desempleadas. Lo que no dijeron es que estos nuevos “autónomos” deberán trabajar más de 12 horas diarias para conseguir un mísero sueldo, puesto que el grueso de la plusvalía se la lleva la empresa.
Lo curioso es que Uber y todas las empresas del ramo no tienen activos (autos), lo cual significa que apenas hacen desembolsos de dinero. Los gastos son mínimos, pues hay que tener en cuenta que todas sus operaciones son digitales. 
Aunque eso no debería preocupar, puesto que la economía digital se está moviendo muy rápido, abarcando espacios importantes en los negocios de hoy. El problema aquí es la ausencia de reglas, o de regulaciones poco claras para proteger a los débiles. Y en eso los políticos tienen mucho que ver. Algunos tratan de confundir. En España los hay que hablan de dialogar, de negociar, en este caso con Uber. Y uno se pregunta ¿negociar qué? Es difícil entender que se tenga que negociar con alguien que entró en tu casa sin permiso, con el objeto de adueñarse del único sustento que tienes para ganarte la vida. 
La verdad que es un razonamiento demasiado peregrino. A no ser, obviamente, que existan intereses ideológicos de por medio. Cuando dicen negociar hablan incluso de cuotas, por tanto, están justificando al intruso. Es decir, no quieren que se marche. De hecho, le están proporcionando abierta y descaradamente protección legal para que se quede. 
La realidad es que no sería tan complicado arreglarlo sí existiera voluntad política para hacerlo. Pero no existe. Bastaría con redactar una legislación clara contra este tipo de operaciones empresariales extraterritoriales. Nada más.
La indignación entre los profesionales del taxi –como no podía ser de otra manera– es enorme, tanto, que hubo fuertes manifestaciones en varias ciudades alrededor del mundo. Debido a la presión del gremio las autoridades de Nueva Delhi (India), de Portland (USA) y de otros lugares prohibieron temporalmente las operaciones de Uber. Incluso en algunas se presentaron demandas en las que se solicitan indemnizaciones por las pérdidas ocasionadas a los taxistas.  Pero la cosa parece que va para largo. Para sembrar más discordia se está debatiendo si las empresas como Uber son de transporte o de servicios de la sociedad de la información. Si finalmente se decide que son lo segundo, entonces quedarían protegidas jurídicamente, lo cual significaría darle el tiro de gracia a la profesión de taxista; al menos tal y como la conocemos.
Aunque todo hay que decirlo. No solo son responsables estas empresas y los políticos por permitirlas, sino que también lo son los clientes que utilizan esta clase de transporte, pues sin darse cuenta están quitando el sustento a miles de familias. 
Por lo tanto, el problema aquí no es exactamente de libre empresa, sino que es una cuestión moral, política y de conciencia. Lo demás es rizar el rizo.

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