El presidente se divierte

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Puede que no tenga, que no la tiene, aquella dorada mayoría absoluta de hace cinco años. Pero en el primer ‘round’ del debate de investidura, Rajoy se divirtió; tiene el resultado asegurado, ve cómo el PSOE se debate en sus contradicciones, ve a Rivera en la necesidad de apoyarle, aunque no le guste, y va a Pablo Iglesias... Bueno, con Iglesias el cara a cara parlamentario con Rajoy resulta hasta gracioso. O lo sería si no fuese porque el líder de Podemos pierde de pronto el control y se dedica a decir cosas intolerables como que la Cámara está llena de potenciales delincuentes. Y claro, ya está el follón asegurado, que es lo que a veces parece que se pretende.
Rajoy, que no pierde la calma ni en las circunstancias más adversas, mucho menos la pierde cuando llega la bonanza. Mañana será investido presidente del Gobierno, que es lo que (le) importa; después llegará el gobernar apoyándose en unos u otros, o en unos y otros, o en unos contra otros. Le tiene tomada la medida a sus contrincantes, y sabe que a ninguno de ellos le conviene una legislatura corta, y es también consciente de que el país necesita un período de estabilidad para afrontar la tormenta que nos viene. Se abre una etapa difícil, ha repetido Rajoy hasta la saciedad, pero es difícil, sobre todo, para quien no tiene ni la organización ni los votos suficientes como para someterse, a corto plazo, a una nueva confrontación electoral. Y eso les ocurre tanto al PSOE como a Ciudadanos y al propio Podemos.
Claro que le vimos relajado, chistoso incluso en algunos momentos, sacando a pasear su sorna sobre todo frente a ciertos patinazos, quizá buscados, de Iglesias. Pero, más allá de las anécdotas, yo diría que la primera jornada del debate de investidura tuvo mucho calado: el dejar patente hasta dónde debe llegar un Gobierno que no se base en el ordeno y mando de las mayorías absolutas y hasta dónde una oposición que no se limite a aferrarse al “no, no, no” que ya se ve que ha resultado estéril y castigado por las urnas en las dos confrontaciones electorales de los últimos diez meses. Hernando, que es una voz no muy relevante del PSOE, pero es la que hay, cambió el rumbo seguido hasta ahora por su partido, al sugerir que el papel de los socialistas será impulsar reformas de trascendencia desde la oposición; o sea, lo mismo que lleva sugiriéndoles Rivera desde hace meses, sin que Sánchez quisiera enterarse.
Qué duda cabe de que si Sánchez hubiese escogido a tiempo la gran coalición, o similares, hubiese impulsado, desde una vicepresidencia del Gobierno, esas reformas imprescindibles que ahora tan trabajosamente habrá que sacar adelante, arrancándoselas a un Rajoy que se dice ahora reformista, pero cuyo talante está lejos de serlo. Pero él, Rajoy, también tendrá que replantearse a fondo las cosas; de momento, sus discursos han aportado algún avance en cuanto a voluntad de pactos y regeneración. ¡Y hasta admite que hemos entrado en una nueva etapa! A este paso, acabará reconociendo que nos hallamos ante una segunda transición.
Se ha perdido casi un año en busca de esta definición del papel que debe jugar un Gobierno en minoría y una oposición en desconcierto. Ignoro lo que hará Sánchez a continuación, si dejar el escaño o impulsarse como candidato a sustituirse a sí mismo al frente del PSOE-. Lo seguro es que ese juego entre Gobierno y oposición ya no pasa por Sánchez y, en cambio, sí pasa por Rajoy. Por eso el presidente en funciones estaba tan divertido que casi le bailaba la coña galaica en los ojos: ha visto pasar ante su puerta el cadáver de su enemigo.

El presidente se divierte