MÚSICO Y SOLISTA

|

Una sana costumbre que a veces nos encontramos en Palacio, es la de que alguno de los miembros de la OSG salgan a escena como solistas. La semana pasada el fagotista Harriswangler y ésta, la arpista Céline Landelle. Atrás quedan las magníficas actuaciones de Trigueros, Procopenko, Zecharias o Casey Hill, todos ellos con éxito notorio.

Es positivo dejar las filas de la Orquesta y ponerse al frente para ejecutar una obra solista. Para el intérprete significa un reconocimiento como músico más allá de su atril, manteniendo viva la llama de su profesión, y la contraprestación para la Orquesta viene unida al hecho de que ese músico pule, refina y actualiza aspectos de su técnica instrumentística, con lo que el nivel cualitativo de la Sinfónica se beneficia de ello.

La obra de Santecreu “De la belleza inhabitada”, ganadora del V Concurso de Composición AEOS-Fundación BBVA fue la que abrió este último concierto. A pesar de ser una partitura de formato medio en cuanto a duración, hubo tiempo para todo: para la inspiración, la calma, la evasión y el aburrimiento. Encontramos interesante el principio y el final de la pieza, pero por el medio le faltó un grado mayor de conexión que permitiera al público mantener la atención sin llegar al abandono auditivo. La composición actual se empeña en dotar a sus músicas de un barniz de exclusividad vanguardística bajo la disculpa de la concreción de un sello identitario propio y diferenciador. Esta es la opción de muchos compositores actuales y allá cada cual. El juez es el público.

Tras la inhabitable belleza, Céline Landelle salió a escena como bálsamo para el oído: “Pieza de Concierto para Arpa” de Gabriel Pierné; una obra tranquila que supo a poco. Landelle le dio el carácter tardofranckiano que necesita: melodías marcadas, pasajes arpegiados de grandes vuelos y control tímbrico. Evocación y aromas de otros tiempos, cuando actuaban en la ciudad Zabaleta o Calvo Manzano. Ensoñador instrumento que nos gustaría escuchar en los Haendel o en el K.299 de Mozart.

Stravinsky y su “Petrushka” finalizaron un concierto bien dirigido por Andrew Gourlay. Aunque su estilo tiene influencias herpetológicas en cuanto a movimientos, la Orquesta sonó excelente: diferenciación de planos, entradas de los solos, desarrollo motívico, dinámica. Todos los detalles bien controlados por unas manos que ya están dando mucho que hablar, pues las mejores orquestas inglesas así lo corroboran.

MÚSICO Y SOLISTA