LA AUSTERIDAD

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De un tiempo a esta parte no se habla de otra cosa. La austeridad está en boca de ricos y del poder; de esos que han vivido entre los deleites y los vicios, la podredumbre y el despilfarro. Claro, de una manera diferente a cómo la sufren los excluidos de un sistema de vida deshumanizador. El escándalo de la pobreza y el desempleo en España alcanza cotas insostenibles. Los desempleados, más allá de los números y estadísticas, son personas a las que se les ha impedido vivir con dignidad. También la Asamblea General de la ONU habla de disminuciones.
¿Se puede hacer más con menos? Decididamente sí. Hacen falta buenos administradores capaces de aprovechar al máximo los recursos que se tengan. No podemos confundir la austeridad, con los meros recortes sociales, y más en las sociedades cada días más desiguales. ¿Cómo le podemos pedir austeridad personal a quien no tiene trabajo o no recibe un salario indigno? ¿Cómo le podemos pedir sacrificios a los pobres, si nuestra caridad con el prójimo es nula?; el respeto a la transparencia y a la palabra dada, para que en verdad seamos personas humanas en las que se pueda confiar.
En este momento se requieren ciertamente oportunas medidas políticas que levanten la economía, sin obviar que en cada país tiene sus particularidades la crisis, pero aún mucho más que seamos capaces de pensar en aquellos a los que les falta los bienes necesarios para desarrollarse como persona y como ciudadano del mundo. Esperan la mano tendida. No nos sirve, en este caso, la mano que recorta.

LA AUSTERIDAD