GENIO Y FIGURAS

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Don Manuel Fraga tenía, además de un cráneo privilegiado, un don oculto para la política patria. La gracia consistía en conocer al detalle el íntimo mecanismo de la naturaleza de esos singulares individuos que imprimen carácter y terminan por caracterizar, a menudo caricaturizar, a nuestra fauna social. Me refiero a todos esos, curas, alcaldes, caciques, comandantes de puesto, médicos, maestros, abogados de “lareira”..., que de la taberna a la iglesia, de la escuela al monte y del alpendre al pazo van dando la nota sin desafinar, sobrando sin faltar y disponiendo sin gobernar.
 Conocerlos, digo, al extremo de poder mimetizarse ejerciendo de lo mejor de cualquiera de ellos, de ahí que pudiese mostrarse municipal en la Xunta y presidencial en el “concello”, regio en el obispado y corajudo en el cuartelillo.
Sé que la empresa se antoja sencilla, pero no lo es, porque a muy pocos les es dado oficiar con soltura y credibilidad en aquello  en el que el imitado ha invertido vida y hacienda. Hablo de ese cultivado y, como tal, preciado ser que lo convierte en toda una institución.
Era ahí donde este “demóstenes disléxico” rozaba de verdad la genialidad, que digo, la manoseaba hasta moldearla a su antojo. Don Manuel lo fue todo y fue además todos esos personajes,  de ahí su capacidad para conectar con la parte más lisa y llana del alma de este pueblo, y es que sabía  serlo a su conveniencia allí donde ésta ordena, aun cuando no mande.

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