CULPABLES

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La muerte siempre golpea con fuerza. Verdugo implacable, nos recuerda que estamos de paso. A nosotros se nos olvida. Nos sentimos intocables, invulnerables. Casi eternos. Cuando la muerte elige a uno de los nuestros, nos rebelamos. Nunca es justo. Creemos que el dolor se mitiga con la verdad. Buscamos entonces respuestas. Una explicación a la locura de la pérdida. Un culpable con nombre y rostro.

Una bengala. Unas puertas cerradas. Una manada que accede sin permiso. Un pasillo estrecho. Un equipo inexperto. Una autoridad despreocupada. Escarbamos en la tragedia y acusamos. A cada paso, un responsable más. Eso nos parece. Demasiados errores que parecían llamar a la desgracia. Aunque puede que no fuesen más que desafortunadas coincidencias.

El primero en el punto de mira es el organizador. Las cifras de las entradas vendidas bailan aún ante nuestros ojos. Menos de las permitidas, según la empresa. Aunque enseguida aparecen informantes anónimos con la cabeza cubierta y la voz distorsionada que aseguran que se hizo caja por el doble. Una historia tantas veces repetida que no dudamos en creerlo. Ya nos parece tener al malo. A uno de ellos. La empresa de seguridad es la siguiente. Dicen los testigos que su control de los accesos fue una pantomima. La presencia de objetos pirotécnicos en el recinto no ayuda a mejorar su imagen. El complemento en el interior de un grupo de trabajadores sin formación de vigilancia refuerza el argumento de que cualquier incidente acabaría en desastre. Corremos a sumarlos a nuestra lista de culpables. Y tras ellos, al Ayuntamiento, que alquiló un pabellón que, denuncia un sindicato policial, lleva años abierto sin las licencias pertinentes. La responsabilidad institucional no puede faltar en un suceso así.

También guardamos parte de nuestro rencor a quien lanzó la bengala. A pesar de que los investigadores no consideren que la detonación fuese el origen de la avalancha. La rabia no es racional. Ni nuestra condena, de la que escapan los chavales que no deberían estar en el Madrid Arena. Menores que critican, indignados, la facilidad con la que accedieron a un recinto vetado por ley para ellos. Y otros que se colaron en tromba y colapsaron la salida. Saltarse las normas nos resulta menos grave según el infractor y la regla. En una cultura donde se perdona al tramposo, preferimos culpar a quien no pudo evitar la infracción que a quien la cometió. Es nuestra naturaleza. La que nos impulsa a lo prohibido y nos ciega en plena emoción festiva. Sabemos que una oleada humana es incontrolable. En un vomitorio o al aire libre. Pero no podemos conformarnos.

Por eso elegimos a los responsables. Sentenciamos para aliviar el desconsuelo. Todo para no aceptar una realidad en la que el azar tiene quizá más que ver de lo que nos gustaría.

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