La vida (no) sigue igual

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han tenido que pasar 51 años para que el tema de Julio Iglesias caducara. Esa canción que todos cantamos alguna vez ha perdido su sentido. Los buenos se van, ya lo creo, mientras los que quedamos buscamos resistir eso sí, acompañándonos de otra letra y otra música que abanderan ahora Ramón Arcusa y Manuel de la Calva, el Dúo dinámico siempre eterno e incombustible. Todo ha cambiado y aún no lo sabemos. Las relaciones personales, el contacto social, la forma de nuestras vidas ha de adaptarse necesariamente a una nueva realidad. No será fácil, nuestra cultura de los besos y abrazos, el estrechar esas manos serán gestos recordados de un pasado en el que nos creímos todo poderosos, éramos un poco los reyes del mambo y las cosas de la naturaleza eran solo hechos a nuestro servicio a los que le habíamos perdido el respeto. Es más, el fin del mundo que anuncian los apocalípticos venía de la mano del cambio climático y, ni cuando la sabiduría nos lo anunció, supimos atenderla como se merecía. Porque si amigos, se nos avisó de lo que podía venirnos encima y nadie prestó atención. En 2015 Bill Gates predijo que la próxima catástrofe mundial no vendría de la mano de una guerra, si no de una pandemia. No era cualquiera el que hablaba, pero no hubo ni un gobernante en el mundo, ni la OMS, le hicieron caso alguno. Eso explica que ningún país estuviera preparado para afrontar en condiciones el ataque del maldito virus. Algún día sabremos de donde viene esta maldición más allá del murciélago que contagió al cerdito y le abrió la puerta de la cadena alimenticia para contagiarnos a todos. No afirmo que no sea cierto, pero me parece una explicación muy primitiva para la hecatombe sanitaria, social y económica que tenemos encima. No estamos para teorías conspiranóicas pero si ansiosos de conocer toda la verdad. Ahora ponemos en valor la solidaridad y con ella disfrazamos nuestros miedos que son, en realidad, los que nos obligan a actuar con disciplina ante los confinamientos prorrogados que padecemos. Ya nos imaginamos con normalidad convivir con mascarillas ese será nuestro burka, ya no aceptamos visitas de amigos por temor al contagio, ya entienden algunos que los mayores se tienen que ir para salvar a los jóvenes, ya somos todos espías de nuestros vecinos para que cumplan como nosotros cumplimos, ya aceptamos la deshumanización como una característica más de nuestras vidas. Ahora todo pasa a ser relativo, la importancia del dinero llega hasta poder llenar nuestras neveras y pagar recibos, todos miramos al “estado” para que nos ayude a salir adelante y en él fiamos nuestro futuro. El “estado” pasa a ser el padre y la madre que debe cuidarnos, el mismo “estado” cuyos gobernantes no supieron tomar nota del aviso del sr. Gates. Y no ocurre solo aquí, la mediocridad de los gobernantes es un mal global. Lo que ocurre es que esa globalidad no exime de responsabilidad a los dirigentes nacionales de cada país, culpar del virus a los gobiernos es una barbaridad que, a fecha de hoy, no he escuchado decir a nadie. Cosa distinta es la gestión que de la pandemia se ha hecho. Sobre esto está todo por decir y ahora no es el momento si bien todos tenemos derecho a opinar sobre las cosas que nos desconciertan sin que por ello tengamos que ser tachados de desleales a nada. Cuidado con aquellos que pretendan utilizar el mal que sufrimos para controlar a la sociedad desde el aparato del estado, nuestras vidas, nuestras libertades, nuestros movimientos. La vida no será igual porque miles de seres queridos ya nunca volverán y se habrán ido como un número, quizá el 19750, pregúntenle a sus familias y amigos si la vida... ¡sigue igual!

La vida (no) sigue igual