EL EUROPEÍSTA PRIMIGENIO

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Fajardo –por alguna razón no recuerdo el nombre, aunque tal vez fuese Francisco, si acaso Fernando– fue mi profesor de Políticas en la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense. No hay clases que más recuerde que las suyas, no precisamente por su temario sino por el atractivo que representaba, a finales de la década de los 70, oír y atender a alguien que con auténtica pasión, con ese cariz visionario que tienen los genios, hablaba del concepto europeísta muy por delante de la ponderación, la desidia o el desinterés del momento. Tal vez porque aquella década contenía demasiado de lo precedente y nada de lo que estaba por venir se daba por hecho o, cuando menos, como mínimamente probable. Pero Fajardo, que no desaprovechaba –confesado por él mismo a una clase abarrotada de ignorantes jóvenes, materia corpórea como son todos pero un tanto insustancial de cara al futuro– instante alguno, incluidos los más escatológicos de su existencia, para cultivar su conocimiento y no perdía la más mínima oportunidad para ilustrarnos sobre lo que, todavía entonces, era un sueño. El concepto de Europa como un único elemento de referencia, como unidad de acción, como consolidado alarde del interés común, de la cohabitación y la cohesión –términos estos últimos surgidos al amparo de las nuevas perspectivas que se intuían en un continente tan próximo como desarraigado y beligerante durante siglos–, estaba lejos de ser comprendido por imberbes, en el sentido metafórico de la palabra, aspirantes a simples periodistas. Solo cuando la entrada de este país en la Unión Europea fue un hecho, aquellas clases siempre llenas de su característica aunque sincera arrogancia cobraron sentido para muchos de nosotros. No andaba desacertado Fajardo. La Unión Europea, entendida como un concepto de solidaridad, de compartimento de intereses comunes, podía ser un hecho. La antítesis –lo opuesto a la tesis– viene dada, como es sabido, por el peso de los intereses, que son el alimento esencial de las diferencias. Pertenecer a Europa y, sin embargo, tener tanto la sensación como la constancia de no ser plenamente europeos salvo para discernir que lo que los hechos sustraen es todo lo contrario, es lo que nutre, sobre cualquier otra circunstancia, la incertidumbre que atenaza a países como el nuestro. Lo que es tanto como preguntarnos si formamos parte de un todo para hacerlo más grande o solo para que no disminuya. Nada de lo previsto por Fajardo se parecería ahora, treinta años después, a lo que realmente es. Y, sin embargo, tengo la persistente e irrenunciable sensación –esperanza también– de que la idea, la simple grandeza de su dimensión, es suficiente soporte para persistir en ella, pese a la consistencia que contra todo lo deseado representa el hecho de constatar un europeísmo que pasa por la búsqueda de diferencias o el crecimiento de unos a costa de otros. El sueño de Fajardo –no volví a saber de su existencia– sigue vigente (y sin cumplirse).

 

EL EUROPEÍSTA PRIMIGENIO