VILLANOS Y HÉROE

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Llega la noche y los ánimos se enturbian. El cosquilleo de la tensión acumulada recorre a las masas que se miran frente a frente. La multicolor, con pancartas y la banda sonora de las consignas coreadas, y la azul, brillo de cascos y silencio expectante. Alguien intenta tirar las vallas de seguridad. Es el principio del caos. Vuelan las piedras de los radicales y las porras caen como un mazo sobre los cuerpos. No hay tiempo para protegerse, ni forma de diferenciarse de los provocadores. Las manos en alto y el gesto de pánico no evitan los golpes. Gritos de miedo y dolor que se confunden con los insultos de los que buscan la batalla. Agitadores cuasi profesionales que deslegitiman la reivindicación popular. Solo interesados en desatar un infierno. Sin más motivo que ir contra toda autoridad. Ya sea en una concentración o en la celebración de un éxito deportivo. Borrones en una sociedad que se pretende civilizada.

Violentos y antidisturbios tratan de acorralarse mutuamente. El policía que se queda solo recibe patadas propias de un combate de artes marciales. El agitador que se separa del grupo se convierte en un saco apaleado. Varios encapuchados, mezclados durante la protesta con indignados de toda condición, se afanan en reducir a otro, presunto responsable de parte de la algarada. Inmovilizado, se retuerce y finalmente se identifica: “¡Que soy compañero, coño!”. La sospecha de agentes infiltrados que participan en la revuelta empaña la buena actuación de otros miembros del Cuerpo. La duda abre la puerta a las teorías conspiratorias.

La madrugada anima a dejar las calles y volver a casa. Lejos ya del lugar de los incidentes, adolescentes aún impactados por lo vivido comparten paseo con vecinos ajenos a la manifestación. Una columna de antidisturbios, cuentan los testigos, avanza decidida a cargar contra todo el que encuentre a su paso. Tan incrédulos como aterrorizados, chavales y parejas de mediana edad corren en busca de refugio. En medio del espanto algunos se lanzan a la carretera, donde la suerte quiere que no haya una desgracia. Un grupo se resguarda en una cafetería. Agolpados en la puerta, ven acercarse la amenaza de los policías dispuestos a desalojarlos. El camarero avanza unos pasos fuera del local, se planta ante los agentes. “Con porra no entras”, le dice al más adelantado. Y su actitud no deja duda alguna sobre su determinación.

En toda contienda hay villanos. Y, afortunadamente, algún héroe.

VILLANOS Y HÉROE