Calleja:

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calle ancha de dignidad, en ella vivió José Mari, porque vivir es algo más que caminar, es permitir hacerlo a los demás, ser, sin misterio, ese paso capaz de moverlos a vivir en la alegría de la esperanza como fuerza de la razón y razón en la fuerza.
José Mari era y es en su recuerdo un hombre digno que me ayudó a vivir en esa virtud, la de la esperanza. Cuando para mí no la había, él, partió, con las manos y como si de una hogaza de pan se tratase, la suya y me ofreció un pedazo, lo hizo con la natural vitalidad de su melancólica y angelical anatomía y el vigor de su fecundo intelecto. 
La partió y me la ofreció, para un fin esencial, el del íntimo consuelo de saber que no eras una bestia sino un ser humano que merecía, cuando menos, el respeto que se dispensaba a los verdugos. 
Ante ETA pudo mirar, como otros, para otro lado o condenar hoy los crímenes con impostado horror y horrorizar mañana a las víctimas invocando cínicos sus infames razones.
Él eligió estar con el respeto a esa vida, despreciada, a esa razón, desoída, a esa nobleza repudiada. Y lo hizo con la sola fuerza de la palabra, palabra de una voz sin estridencias autoritarias ni concesiones al eclecticismo o la equidistancia; voz, a su vez, de un pensamiento capaz de deslindar el sendero de la convivencia sin perder la esencia de los derechos y libertades. Una voz a la que asirse y a la que le debo el pan de esa dignidad compartida. 
Gracias.

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