Educación humanística

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cuenta el historiador griego Plutarco que el rey Filipo II de Macedonia andaba preocupado por la educación de su hijo Alejandro, pues al parecer se trataba de un chico de naturaleza bastante “indómita”. No es que fuera problemático, como diríamos ahora, lo que ocurría es que no se dejaba imponer las cosas, sino que dada su capacidad y su inteligencia, se guiaba sobre todo  por la razón. Era necesario encontrar maestros capacitados para formar semejante personalidad, pues estamos hablando de quien, ya mayorcito, después de conquistar medio mundo, fue conocido como el Magno.
Macedonia, el reino de Filipo, era un país bastante primitivo, a pesar de encontrarse en el ámbito helénico. El rey había contratado a varios maestros para que Alejandro recibiera formación literaria y científica, pero no acababa de estar contento. Al parecer no se trataba de gente lo suficientemente sabia y preparada. Pero Filipo sabía que en Grecia había buenos maestros y decidió ir a por el mejor. 
Contrató nada menos que al mismísimo Aristóteles, sin reparar en gastos. Plutarco dice que le concedió unos honorarios magníficos y que, además, le favoreció con lo que más le podía agradar, reconstruir su ciudad natal, Estagira, que el mismo Filipo había mandado destruir unos años antes.
Y es que Filipo era un gobernante al uso, que no se andaba con chiquitas, para llegar a gobernar Macedonia había acabado con varios contrincantes. Las ciudades enemigas eran destruidas y sus habitantes exiliados o reducidos a la esclavitud; así que su gesto con Aristóteles y sus conciudadanos de Estagira, a quienes devolvió la libertad y la ciudadanía, resulta bastante significativo. 
Para que pudiera dar clase a su hijo Alejandro le concedió un bonito lugar dedicado a las ninfas, con bancos de piedra y paseos umbrosos. El sabio filósofo enseñó a su discípulo no sólo “la Etica y la Política –dice Plutarco– sino que participó incluso de las doctrinas más profundas y escondidas…doctrinas que no enseñan a la mayoría”.
Nadie duda de la importancia que tiene la enseñanza de las humanidades, hoy por suerte generalizada, aunque de forma muy precaria y en franco retroceso. Que haya centros universitarios dedicados a esas enseñanzas no deja de ser importante, aunque la demanda no sea masiva ni comparable a la de otros estudios más técnicos y “prácticos”. No sé si estará suficientemente justificado, pero que el próximo curso desaparezca una titulación como la de Humanidades de Ferrol, después de 25 años, no es ninguna buena noticia. Desde luego no será por la dedicación y la cualificación de la mayor parte de su profesorado; lo digo sin rubor, no lejos de la jubilación y después de una dilatada carrera universitaria.

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