FRANCO

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No sería de recibo, en lo que intenta ser memoria fragmentaria y personal del Ferrol que viví, olvidar a un personaje que llegó a modificar el topónimo de su ciudad natal con la coletilla “del Caudillo”, que, seamos sinceros, nunca estuvo justificada y que resulta de una egolatría carente del mínimo pudor. Ciertamente, el apodado “Caudillo”, en la tradición caudillista hispanoamericana, no venía mucho por Ferrol, donde aún tiene su casa natal en la calle María. La placa que testimonia el natalicio, lo mismo que el celebérrimo caballo que lo convertía en jinete insomne mirando hacia la carretera de Castilla, aparecieron enchurretados de pintura rosa en más de una ocasión. Don Francisco era dado,  en cambio, a visitar el pequeño santuario de Chamorro, con su humilde y pequeña virgen. En situación de enfermedad gustaba que le trajesen el manto de la Pilarica, o el brazo incorrupto de Santa Teresa, lo que revela un evidente fetichismo. El hábito de marchar bajo palio  en las procesiones, no dejaba de ser una manifestación más de egocentrismo, desmedido a todas luces. En todo caso, cuando surgieron en la Iglesia española los curas obreros con sus protestas, él, extrañado, preguntó: “Si a la Iglesia ya le hemos dado la Enseñanza, ¿qué más quiere?”.
A Franco, de la oficialidad africanista, alguno de sus rivales en el escalafón (no sé si Mola o Sanjurjo) le llamaba “Franquito”, que no era precisamente un diminutivo cariñoso. Ferrol, se decía, no le traía buenos recuerdos, cuestión en la que no entraré aquí. Disfrutaba en cambio del veraneo en Meirás y San Sebastián, donde tenían lugar sendos consejos de ministros de verano. En La bella Easo se planeó contra él más de un atentado que nunca llegó a funcionar. Algunos sostenían que tenía un doble y ello dio pie a la divertida película “Espérame en el cielo”, donde el excelente cómico José Sazatornil, “Saza” hacía el memorable papel de instructor del doble.
Su fría serenidad no le impedía ser hombre de malas pulgas y, al respecto, debieron sonarle las orejas durante años al responsable de una botadura en Astano que generó una ola que superó la altura del Puente de las Pías. Tampoco debió sonreír precisamente ante la implicación de su hermano Nicolás, a la sazón embajador en Lisboa, en el vergonzoso fraude del aceite de Redondela. Como humano tenía su punto flaco; esto es, su “circunstancia”, doña Carmen Polo, dama de la buena sociedad ovetense, con la que el ferrolano no lo tuvo fácil para matrimoniar. Una extendida leyenda urbana aseguraba que doña Carmen (“Carmen collares” para el vulgo) era un auténtico terror para anticuarios, joyeros y peleteros, en cuyos establecimientos arrasaba sin gastar una peseta; eso sí, indicando que se pasara la factura, por si había algún atrevido, a su secretaria. Cierto es que los comerciantes aludidos, enterados de que doña Carmen andaba de viaje, se avisaban unos a otros para tratar de evitar el atraco que se les venía, poniendo a buen recaudo la mercancía más valiosa. Esto fue tan cierto como que les estoy escribiendo.
Cuando llegaba a Ferrol, los soldados cubrían la carrera flanqueando las calles, mientras la policía peinaba los edificios piso por piso en busca de cualquier potencial sospechoso. Hombre de verbo lacónico, escritor en ciernes con el Andrade como pseudónimo, al retratar a los legionarios en combate les hacía decir tacos tan realistas y escandalosos como “cáspita” y “córcholis”, y alguno más del mismo jaez. Pero se desahogaba en el mensaje de fin de año contra masones, comunistas y demás ralea, diatriba que compatibilizaba, por ejemplo, con la defensa de nuestra paupérrima industria aeronáutica a la que los aviones del modelo Alcotán se le caían como moscas, mientras él objetaba: “ Dicen que el Alcotán no vuela, pero tampoco vuela la gallina, y no por eso es ave menos preciada “. Sin comentarios.
En algún acto electoral de su afianzamiento como Jefe del Estado, un cartel rezaba “ Franco, ese hombre”, lo que, en boca de sus detractores acabó siendo: “Franco: cese, hombre”. Pero no cesó, ni siquiera atendiendo al consejo que le dio en tal sentido el director del diario Madrid. Caro consejo: le cerraron el periódico y volaron por los aires el magnífico edificio que lo albergaba. No hubo más consejos, salvo los de ministros.
Los petardos y similares que le pusieron a la estatua ecuestre de la Plaza de España (hoy jubilada en un cuartel cercano al muelle) no afectaron ni al noble bruto ni al impasible jinete, pero provocaron la rotura de cientos de cristales en las casas cercanas, con el consiguiente cabreo de los vecinos y la alegría del gremio del vidrio y del cristal, que no daban abasto a reponer tanto estropicio. Reconozcamos que sin uniforme y sin fajín, topolino y retacón como era, don Francisco perdía mucho. A Eva Perón le tenía aspecto de empleado del gremio de la carnicería. De su amanerada adustez y envaramiento hizo ajustada parodia el actor Juan Diego, que bordó al personaje en “Dragon rapide”. Mi natural bondad me impide desarrollar aquí el capítulo de caza y pesca, en el que don Francisco llegó a su más alta cumbre cuando agarró al cachalote. Se ignora la identidad del aguerrido buceador que le metió el anzuelo al despistado cetáceo.
Para los ferrolanos la clave es saber si el hecho de ser Franco uno de ellos (de nosotros, digo) les ha significado pagar un precio muy alto. Yo creo que sí, a la vista del declive de la ciudad, frente a la que los políticos de la democracia miraron para otra parte. Así pues, ni él se portó ni otros lo hicieron. El lastre histórico no nos lo quita nadie. En fin, la calle Real recuperó su nombre y la ciudad el suyo: Ferrol, ni más ni menos. Como broche final les recuerdo el “parte meteorológico” atribuido a Don Salvador de Madariaga, coruñés él: “ Reina en España un fresco general procedente del Noroeste”. Si bien se mira, lo de “reinar” no resulta tan exagerado. En fin, tiempos que fueron y ya no son. n

 

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